Domingo por la tarde en la villa, Pedro trajina en el exterior de la casilla de chapa y cartón prensado mientras su mujer remienda por enésima vez unos pantalones que, de gastados, parecieran deshacerse entre sus manos morenas y fuertes. La acompaña la nena que mira como hechizada esos dedos mágicos que cosen y descosen en total silencio. El mismo silencio afuera, bajo el sol inclemente de enero, Pedro continúa pintando las paredes de chapa de su precaria vivienda con la pintura que compró en sociedad con sus vecinos para ahorrarse unos pesos con el mayoreo. Pedro entra en busca de la radio portátil, el silencio lo agobia tanto como el calor, la enciende sin cambiar el dial y queda enganchado a un reportaje hecho al doctor Moffa, candidato a senador por el Partido de Todos. El silencio queda en compañía del discurso político.
El periodista ha preguntado y el doctor se explaya en un largo monólogo sobre la necesidad de que el país vuelva a integrarse al FMI, para volver a ser creíble y atraer inversores.
Pedro sigue pintando mientras recuerda que, gracias al último acuerdo con el FMI en el 2001, muchas empresas quebraron, entre ellas la fábrica en la que trabajaba como electricista, y que al ser despedido, no pudo seguir pagando la hipoteca del departamentito donde vivían. Por eso estaban en esa villa de La Matanza desde hacía siete largos años.
Moffa continúa, la situación social, hoy en total emergencia, sólo se soluciona con fuentes de trabajo genuinas y sueldos razonables que permitan a los empresarios reinvertir y así crear nuevos puestos, todo es así de simple, hay que terminar con el despilfarro de ayudar económicamente a los indigentes, eso es clientelismo. Pedro, escurriendo el pincel, piensa ahora que todavía no pudieron cobrar el Plan de ayuda social y que los ingresos como cartoneros son exiguos, y que más tarde, tienen que salir los tres a cirujear para cobrar los doce pesos diarios que precisan como el aire. Y que por las mañanas Julia y la nena se paran en una esquina de San Justo para limpiar parabrisas mientras él busca changas de lo que sea, porque laburo en serio, no hay.
Pedro da pinceladas con más bronca, muda bronca del que se sabe fuerte y capaz pero siente que lo ataron de brazos y piernas y le dejaron la boca libre para que grite esa bronca, pero el se resiste, calla para no darles el gusto. Mientras, Moffa continúa la perorata, es hora de erradicar todas las villas del conurbano, convenciendo a los usurpadores de tierras que lo mejor que pueden hacer es volver a sus lugares de origen, provincias o países limítrofes, que aquí no queremos marginales. De esa forma solucionaremos el problema de la violencia, que se queden sólo los que tengan trabajo legal. De paso combatimos la inmigración clandestina y la clase media se verá beneficiada y aceptará gustosa un moderado aumento en la carga impositiva. A Pedro se le cruzó por la mente que, tanto él como su mujer e hija, eran oriundos de la Capital ¿Qué sería de ellos, los tirarían al Río de la Plata?. Luego Moffa se declaró ferviente defensor de los derechos humanos y el periodista intercaló un chiste macabro ¿y de los izquierdos humanos que opina? El doctor respondió, esa es harina de otro costal. Pedro tiró el pincel al suelo, se secó el sudor de la frente con el mismo trapito de limpiar la pintura mal aplicada y con ese olor a aguarrás, y por primera vez en esa tarde habló. Julita ¿te hacés unos mates? Desde adentro y con tono de queja ella respondió. ¡Hace quince días que no tenemos yerba! Justo cuando él estaba por estallar en una puteada, Elvira, la vecina de al lado, se asomó a su puerta diciendo, no te calentés Pedrito, ahora lo mando al Moncho a buscar agua a la canilla de la esquina y preparo unos buenos matienzos para los cuatro. ¡Hasta azúcar tengo!
Pedro levantó su mirada hacia el cielo, y haciendo sombra con la mano sobre la frente para protegerse del sol, musitó una plegaria de gracias al Señor, la única que recordaba.
Esperando los mates de Elvira, pensó que en una hora saldría con su familia a cartonear. Retornarían a la villa bien entrada la noche, un triste y flaco caldo y a dormir. Eso pensaba Pedro, de nuevo mudo. Y después … y después sonrió porque…
Amanecería, y no sería poca cosa.
Nota: en julio 2010 Pedro ingresó en una empresa de servicios públicos como técnico electricista, la nena volvió a ir a la escuela. |