Frente a él, la taza ya fría de café sin azúcar lo espera, como temiendo ser ignorada; de pié y encorvado ante la mesa, su diestra se desliza sobre la hoja dibujando en pequeñas letras inclinadas, como ensayando reverencia, las palabras de esa carta, la última que piensa dedicar a su amante. Allí le cuenta que esa mañana despertó sacudido por su esposa, al abrir los ojos la vió parada al lado de la cama, en un brazo el niño dormido y en su mirada todo el desprecio nacido en la traición descubierta, luego, la bofetada de despedida. Así le enrostró el desprecio… y lo dejó sumido en su pesadilla.
Demora la rúbrica, absorto en la contemplación de la sombra de su mano proyectada por la luz de la solitaria lámpara que lo alumbra. La misma mano que supo acariciar los negros cabellos, tocar sus párpados hasta cubrir el verde de las pupilas que encandilan. Sus dedos luego rozaban los labios despintados a besos para proseguir su descenso, lentos, como caminando sin prisa, hasta posarse en el centro de la garganta. Los dedos siempre anticipando la llegada de su boca, húmeda y cálida. Después eran los senos quienes recibían la amorosa entrega y no terminaba allí la procesión, la liturgia proseguía atravesando el vientre y no se detenía hasta cruzar el bosquecillo. Cuantas veces su mano había atravesado aquel sendero perfumado de jazmín, esa ruta que iniciaba el descenso hacia lo profundo de la mujer amada, el centro mismo y la cumbre de esa pasión inevitable. Único punto del universo que era común a tantos planos.
Por eso, clava su mirada en su mano, sus dedos, que minutos antes habían desplazado la perilla de su horizontalidad. Su interés se centra en la sombra de sus dedos, los mueve y con ellos se mueve la sombra, sumisa prisionera.
Recuerda la sombra de su cuerpo en los días soleados, pisoteada por otros en las horas del mediodía, para luego restregarse en las paredes sucias antes de la puesta del sol. Pobres sombras que deben obedecer el capricho humano, piensa. ¿Quién más que su sombra podría desear su muerte para ser definitivamente libre?
¿Cómo era el mundo de las sombras libres, tendrán ahí su propia sombra? ¿se repetirá la historia o no habrá más sol que lejanas estrellas, incapaces de provocar semejante afrenta a las hijas de la luz? Sería un planeta con ausencia de lámparas, un mundo libre de injusticias y apariencias, concluye en su enajenación.
Estampa su firma con decisión y con la otra mano comienza a apagar y encender la lámpara con intermitencias, nada nuevo sucede salvo lo ilusorio de la sombra visible a veces y oculta otros instantes.
Comienza a sentir debilidad y adormecimiento, entonces, el olor del aire viciado lo va sumiendo en un sopor dulce. Decide dejar la lámpara encendida, sus manos acercan la silla, se sienta. Enciende un cigarrillo antes de dormirse. El escándalo de la explosión y las llamas son su visión postrera…
Las llamas aprisionan la vida y la sombra huye, libre al fin, otro mundo la espera. |