El departamento estaba vacío ese sábado. La nena se la habían dejado a los abuelos con la excusa de tener la noche libre para salir. La pareja se había retirado silenciosamente, cargando bultos que parecían pesados, y al salir a la calle dudaron un momento antes de decidir hacia donde ir. Aunque jóvenes, su postura encorvada y su andar era lento, con aspecto de gente mayor. Al mirarlos de cerca, esa impresión se reforzaba con la gravedad de sus rostros. Algún observador atento hubiera aventurado que, en realidad era temor lo que expresaban sus miradas. Los cuatro ojos escudriñaban para todos lados, resolviendo luces y sombras de las calles y todo auto que marchara en su dirección les aminoraba el paso, hasta que pasaba al lado de ellos sordo y ciego, sin detenerse. No sabían que eran ignorados por los ocultos y celosos vigilantes.
La imagen apenas iluminada por los escasos focos de la calle, era la de dos muñecos haciendo equilibrio sobre una cuerda floja, aferrando contra sus pechos los bultos, como si fueran niños que no podían dejar caer. Así se perdieron en la penumbra que los protegía o amenazaba.
Pasada la medianoche regresaron al departamento, con el mismo sigilo que al marcharse y las manos vacías, rápida llave a la puerta y gesto inútil e infantil, una silla contra el picaporte después de encender la luz del living. Ambos prendieron cigarrillos, encendieron la estufa y cenaron sólo café. No se habían sacado las camperas y solo monosílabos intercambiaban en voz baja, no querían delatar que acababan de robar su propia vida.
Los estantes del modular mostraban vacíos, testigos huecos y mudos del saqueo autoinfligido. Ya no estaban aquellos libros y discos que hablaban y cantaban las iras de los oprimidos y marginados de siempre, tampoco aquellos que imaginaban mañanas de albor rebelde y justo. También algún sospechoso apunte de la facultad que, artero y hereje, nombraba en la portada al centro de estudiantes, malévolo difusor de la arrogante teoría de Darwin, o tal vez el críptico y peligroso comentario de la teoría de conjuntos de algún matemático con significativo apellido ruso como Sadosky o Spivacow. Hasta la Lógica Formal de Copi estaba ausente, sólo por ser de Eudeba. Y los discos, adios Santa María de Iquique y Quilapayún, la Negra y Nicolás Guillén, casi todo. Solo resistían entre otros pocos, las Obras de Federico García Lorca y los Fronterizos primigenios. Perderlos hubiera sido como clavarse mutuamente el cuchillito en el corazón.
En realidad, ambos ignoraban que para las fuerzas del “bien”, el simple hecho de leer un diario era sospechoso indicio de comportamiento antisocial y argentino. Aberración que los rojos apátridas utilizaban para nublar los cerebros enfermos de los estudiantes, y los “buenos” debían extirpar ese tumor, cumplir el mandato del padre del norte y la madre oligarquía.
Por eso se habían autorobado parte de sus vidas esa noche, porque el temor venía creciendo desde meses atrás. Habían recibido claras señales, desde los enfrentamientos de fuerzas del orden con guerrilleros de catorce años que habían “optado cobardemente” por morir antes que entregarse a la Justicia, como redactaba nuestra prestigiosa prensa libre; o esas colas de madres ante juzgados, comisarías y ministerios de la Junta, pidiendo caprichosamente saber el paradero de hijos y nietos, esos que no aparecían, seguramente porque en algo andarían como decían los patriotas, también los bebés, los fetos. Esos amigos “chupados” de sus trabajos o casas, que sólo volverían a ver en placas que los rescatan del olvido.
Se acostaron vencidos, se sintieron humillados y extrañamente traidores a ellos mismos. Finalmente se durmieron, las fuerzas no les daban para imaginar otra realidad posible. Al día siguiente, al levantarse para ir a buscar a la nena, los dos eran bien conscientes de lo sucedido esa noche, los años de plomo habían llegado y los saludaban con gesto marcial. Todavía hoy recuerdan ese saludo, no olvidarán ni perdonarán, sólo son una parejita que peca de humana y, odia los estantes vacíos tanto como los países vacíos. |