Volvió a “La Quemadita”, un rincón de la nada, más allá de la casa que fue de J. Cortazar, más acá de la capilla de Soldi. A medio camino de todo está la pequeña villa, casuchas hechas de residuos de materiales pensados para otro fin.
Habitada para seres en los que nadie piensa, en un rincón de la nada residen los nadies de siempre, los nadies de nadie, impensados, impropios, respirando la inmundicia de la laguna que los limita, el líquido lecho que recoge los desperdicios de los otros. Así subsisten los villeros, al margen de los otros, delante de la laguna, fuera del Sistema.
En diciembre había iluminado una esperanza en esa pobre gente, les dijo, ustedes podrán tener agua potable si colaboran haciendo las zanjas para tender los caños, son veinte cuadras las que los separan de la red, el Sistema aportará los caños y conexiones, todo es posible si trabajamos juntos. Al principio todo se movió rápido, mientras comenzaban el zanjeo camiones les llevaban agua dos veces por semana, hasta les pusieron una cisterna provisoria para guardar el líquido vital, pero, siempre hay un pero para los desposeídos, algunos funcionarios desviaron los materiales a algún otro destino más apetecible a la hora de condicionar votos.
Conversó con los villeros sobre el agua y otros temas acuciantes, entonces fue cuando la vió. Estaba sentada sobre un viejo tocón, la pequeña silueta de una nena muy mal vestida mirando jugar a los otros chicos, era la imagen misma del desamparo. Inquiró por ella a Rosa, la jefa del grupo comunitario que habían gestado a fin de año. Chaqueña rubicunda que había dejado su sitio natal en búsqueda de trabajo, pan y leche para sus críos, siempre empeñosa y decidida, un líder natural, positivo…
Es Adela le contó, su madre murió en abril, su padre, o el que creemos era su padre, los abandonó hace tiempo. Está solita y tiene ocho años, eso calculo.
¿Cómo vive y con quién? preguntó
No tiene familia, a veces duerme en lo que fue su ranchito, se viene abajo el techo. Come lo que le podemos dar, y cuando llueve duerme en alguna de nuestras casas, nos turnamos, pero no podemos mantenerla, pocos tenemos trabajo y además están los hijos propios.
Entiendo, voy a hablarle…creo que podemos hacer algo mejor por ella
Mire don, casi no habla la pobrecita…
Si, pero ustedes hablan, así que después charlamos…, gracias Rosita
Se acerquó a Adelita, lento y sonriente, no quiso alarmarla con su presencia más bien robusta, ella miró sin verlo, sus ojitos apagados parecían mirar más allá de sucuerpo, se sentó a su lado en la tierra y le ofreció un caramelo de los que llevaba para los pibes. Lo tomó presta y arrancó el papelito de cobertura con sus deditos sucios. Él miraba sus sandalias con la tira cortada, transformados en chancletas, los deditos marrones de sus piecitos cubiertos de polvo y oscuras manchas de cáscaras de lastimaduras, Adelita había tropezado con la realidad, pero parecía no dolerle el golpe. Con el caramelo en su boca permitió que le pasara el brazo sobre su cuerpito. Quedaron en silencio, ella chupando algo dulce como no creyendo cierto el sabor, Efraín mirando la lluvia de polvo que levantaban los chicos en su carrera plena de gritos, pensando…si la paso a un juzgado la perdemos, la mando al muere, aquí al menos alguien la mira y la alimenta, salteado pero come. Precisa ser atendida por un pediatra, que la revisen y la vacunen. Después hablo con Rosa y las otras madres de la comisión, buscaremos una solución transitoria.
Adela se mantenía en un silencio que no era obstinado, era su natural, tan antinatural en una nena de su edad. Le pidíió que abriera su boca para ver lengua y dientes, obedeció sin mirarlo, él respiró con alivio.
Cuando Efraín se incorporó, la nena saltó como un resorte, le tomó la mano y caminaron hacia las mujeres que se habían juntado para observarlos. Con ellas y Adelita presente charlaron sobre la niña, aceptaron su propuesta de transición ¡cómo iban a negarse?
Después con ella aferrada a su mano, fueron hasta donde lo esperaban los muchachos de la empresa que lo habían llevado, cuando la besó, soltó su manito y mirándo con sus ojos clavados en el suelo dijo - ¿me querés…? |