Ayer, hoy…
Girando sobre sus pies, mira hacia atrás en la calle, más allá del espacio, muy cerca del tiempo. Lo primero que ve es un auto aún muy lejano que se está aproximando luego de haber doblado en esa esquina donde él cruzó de vereda. Por lo demás, la calle está desierta,
así puede verse a si mismo avanzando a paso lento, demorado en añoranzas y adversidades, inseguro y solo bajo el sol impiadoso.
Ve que se detuvo una cuadra más adelante para colocarse los lentes oscuros, la fuerte luminosidad del astro lo ciega, por eso buscó el reparo ahumado para proseguir la marcha, todavía el auto no estaba.
Parece gozar de la magia de contemplar pasado y presente con simultaneidad, por eso mira hacia atrás, por eso y por no querer mirar el futuro.
Se ve caminando antes, e intenta recordar si supo adonde iba a llegar, si presumió la ochava donde ahora está parado, sabe que nunca le importó llegar a ninguna parte, sólo caminar. Sabe que ya no es el mismo que aquel caminante que ahora ve, todo cambia cada segundo transcurrido, no hay reiteraciones, sólo vemos similitudes sin advertir las diferencias, es que queremos percibirnos como unidad y en realidad somos secuencias infinitamente próximas, como perlas de un collar sin abrochar, o las cuentas del rosario de nuestra madre que nunca supimos rezar. Está solo. Caminó solo. Ella no lo ama, sólo lo soporta, tal su índole, pero nada más, nada…
Salió a caminar esa tarde portando como único equipaje ese pequeño fragmento de nada que ella le dio a guisa de recuerdo con sus manos amadas, él partió, soñando volver pero sabiendo que para volver primero es menester irse, buscar senderos, consumir vidas en llamas que uno mismo enciende, demente o suicida, luego volar. Ahora mira ese pedacito de nada en su mano, se siente inmensamente rico, dueño de un nuevo mundo, el de la esperanza. Mira de nuevo hacia atrás, vuelve a verse en ese momento del pasado, el hombre que había sido pensó que un paso antes había sido otro, distinto del que fue antes de haber pensado la palabra antes, una perla de un collar desabrochado, una cuenta nunca rezada. Fija la vista en los pasos del otro, luego gira cuerpo y cabeza dispuesto a cruzar la calle, se quita los lentes y el sol lo deslumbra, enceguecedor. Unos frenos gritan rabiosos, sufren su esterilidad vencidos por la inercia. Impulsado por la realidad presente vuela en el aire, al fin vuela…
Tendido como un muñequito roto en la calzada, el rostro vuelto hacia mañana, ojos abiertos y
sin lágrimas que no llegan a ver las perlas y cuentas desparramadas junto a él. No pueden ver nada, ni un fragmento de nada. El otro avanzó absorto en sus manos vacías… |