La luna reinaba sobre el empedrado de la calle Piedras cuando salimos de la casa de Orlando rumbo a Estados Unidos y Tacuarí. Corría febrero del 61 y Marito, enamorado de una chica cuyo nombre no recuerdo, pero puedo llamarla Julieta para jerarquizar el relato, que había conquistado el martes de Carnaval en el baile de la biblioteca Mariano Moreno, nos había pedido que le hiciéramos pata para una serenata a la antigua. No nos podíamos negar, era un gomía y de Racing.
Así que salimos los cuatro, el novio galante y los tres serenateros, Poldo, Orlando y yo. Poldito llevaba el bombo y las maracas, para los boleros, Orlando su viola, armónica y una flauta traversa, yo viola y flauta dulce, la de las introducciones.
Ya había hecho la primera contribución al romance en flor, había escrito una esquela amorosa desgarradora y febril, anunciando la serenata. Además había completado el servicio oficiando de chasqui. Así era la amistad en esos años, entrega total.
No es que a Marito le faltara labia, pero para escribir, él me tenía una fe ciega. Pero volvamos a los hechos...
Nos paramos los cuatro frente a una casa de departamentos de tres pisos, en el segundo moraba la Julieta de marras, con auspicioso balcón a la calle. Marito al frente con una rosa en la mano, el trío atrás, afinando las violas. Marito gritó ¡Julieta, aquí estoy! Y la piba, avisada por la esquela, salió al balcón envuelta en la oscuridad de la falta de luminarias de Estados Unidos, sólo el resplandor de la luna delineaba una silueta delgada y alta. Entonces comenzamos con un clásico de nuestro rico repertorio, Cucurrucucú, paloma… yo hacía la primera voz porque lo mexicano me caía bien, manejaba muy suelto los falsetes. Al terminar, una silueta masculina se entrevió detrás del cortinado. Después, atacamos Serenata del 900 “nunca te olvides, que yo te quieroooo, y que me mueroooo, de amor por ti... Allí, tras las cortinas se dibujaron entonces tres siluetas, corrieron las cortinas y salieron al balcón, apartando bruscamente a Julieta. Eran los padres y un tío inoportuno. Comenzaron a insultar nuestro prodigioso arte, después entraron en acción. Nos tiraron enormes cantidades de tomates y huevos y luego se les unió un vecino que vociferaba ¡Delincuentes juveniles, degenerados! Y aportaba al bombardeo con batatas, una de las cuales impactó en la zabiola de Poldo que se afanaba por proteger el bombo. Para colmo, algún otro vecino ante el escándalo, llamó a la cana y a los dos minutos sentimos la sirena del autito que se acercaba desde la 18 por Piedras. Allí decidimos la retirada, nuestra táctica fue correr tan rápido como podíamos por la carga, yendo de contramano para que el autito no nos pudiera perseguir. Pobres ingenuos, nos persiguieron a pié tres botones gritando ¡alto ahí, entreguense!
Entregarse de acá, doblamos por Chacabuco y nos metimos corriendo en un viejo yotivenco.
Ahora que me acuerdo, el turro de Marito fue el primero en rajar, no se comidió a ayudarnos portando al menos una viola, nos abandonó sin aviso y nos dejó solos y con la jauría atrás ¡que guacho!
En el conventillo nos abarajaron ni bien cruzamos la cancel, al darse cuenta que nos corría la cana nos ocultaron en una piecita a oscuras, previa orden de no hablar, entre bueyes no hay cornadas.
Cuando todo se calmó, nos abrieron la puerta y nos preguntaron extrañados que había pasado, cual era nuestro crimen. Referimos sucintamente lo ocurrido y luego de tildarnos de boludos se enternecieron y nos preguntaron si teníamos hambre. Que yo recuerde a los 16 o 17 el hambre era una constante, como ser de Racing. Entonces prometieron alimentarnos, pero con la condición de ofrecerles un “chou”.
Así fue como terminamos la noche, Orlando, Poldito y yo, cantando zambas, boleros, tangos, canzonetas en dudoso italiano que me rompieron la garganta. Pero ¡que aplausos y que alegría! Esas buenas gentes, humildes pero alegres, celebraban cada canción y nos llenaron de queso, salamines, berenjenas y ajíes puta parió que nos quemaban hasta el upite, y damajuanas de vino que exterminamos. Recuerdo haber bailado una tarantela con dos abuelitas tanas y una nieta de pechuga estremecedora y pelo negro, y todo le vibraba en cada pirueta volviéndome loco.
A las cuatro de la matina se terminó la festichola tan rápida como se había armado. Los tres volvimos a nuestros hogares, arrastrando la mamúa, puteando a Marito, y muertos de risa.
Al dia siguiente, Marito se apareció por el feca pasadas las dos de la tarde, acercó una silla a nuestra mesa de siempre y, sonriente y ganador como siempre haciendo caso omiso a nuestras caras de enojo, nos dijo.- Muchachos, tengo una fija en la cuarta de Palermo ¿Vamos de gira? |