Nosotros
Ninguno de nosotros puede probar la total inocencia de alguien, pero todos podemos afirmar la culpabilidad de todos, esa es la pesada herencia que arrastramos, la que las religiones y credos nos han impuesto. Si hasta puedo pensar que aquel que murió en la cruz aceptó humildemente su suplicio porque se pensaba culpable, aunque no supiera cual era su culpa, se sabía inocente de todo aquello que los hombres le achacaban, pero admitía alguna culpa desconocida.
Acaso todos los niños de su pueblo que habían muerto cortados al medio, sólo por que él había nacido, tal vez ese fuese su pecado original ¿por eso aceptó tanto tormento?
Por eso rechazo todos los credos, aquellos que imponen mandamientos y administran culpas prometiendo perdones innecesarios. Aquellos otros que anuncian la posibilidad de la armonía plena y el goce feliz con un cosmos que nos espera, no hablan de culpa, hasta la niegan, pero limitan esa posibilidad a los que se sienten a escuchar el discurso de los representantes de la armonía, los elegidos ¿elegidos por quién y por qué?
Aprendemos desde pequeños las virtudes de la caridad, lo necesaria que es en nuestras vidas, ayudar a los más débiles es un reclamo de la conciencia, un mandato “divino”. Entonces somos caritativos y nos complacemos mirándonos en cada acto de caridad que cometemos, pero olvidamos el amor, ese amor que promueve acciones libres de todo mandato, naturales. Pues entonces seríamos generosos, no caritativos.
Grande es la diferencia entre compartir lo que es nuestro, la propiedad privada, o compartir lo que el azar puso momentáneamente a nuestro alcance, la propiedad de todos.
Esto no es moralina ni esclarecimiento, no es llamado o súplica, simplemente es reflexión, no busca adhesión ni pretende rechazo porque sé que reflexiono con la sombra de la muerte guiando mi mano. Sé que tampoco puedo escapar a mi propia culpa ante la muerte, no puedo detenerla, no puedo acompañar a quien está muriendo en su viaje, la muerte y la culpa denunciada invitan a reflexionar, a pensar que si en verdad hubo o hay un dios, los hombres nos hemos encargado de limitar hasta la asfixia la libertad que el nos diera.
Entonces, no espero ningún Juicio Final, no sería nada novedoso ni tremendo para los hombres, no puede ser peor que este juicio que cotidianamente nos hemos impuesto desde siglos, reos, jueces, fiscales y abogados, esas son las vocaciones elegidas por nosotros.
Nosotros en el banquillo…Nosotros |