Recién levantado y bañado, pero sin afeitar…
Recién levantado y bañado, pero sin afeitar, apenas cubierto con una camiseta puesta al revés y unos bermudas gastados, descalzo, Miguel era una postal del abandono.
Entreabrió las persianas y la pálida luz del atardecer logró entrecerrarle los ojos. Había dormido dieciséis horas seguidas, hazaña que le recordaba sus años mozos, cuando volvía de algún baile caminando con las últimas estrellas, para acostarse ni bien llegaba a su casa dejando el consabido cartelito advirtiendo que no lo despertaran antes de la cena.
Pero esta dormilona no había nacido de la diversión, la habían parido vientos de desengaño y desolación. A los cuarenta años estaba más solo que nunca… o al menos eso creía.
La susodicha se había ido ayer, sin aviso previo, y si lo hubo, él nunca se dio por enterado. Ella le dijo en voz baja – Miguel, me voy… -¿adonde? preguntó distraído -lejos, bien lejos…el levantó la vista del diario y viéndola, blanca como un papel volvió a preguntar -¿te sentís bien? Ella lo miró con tristeza y respondió –No, me siento muy mal, por eso me voy…
Sin decir adios, ella levantó bolso y cartera y se marchó cerrando la puerta con suavidad. Miguel se quedó sentado mirando la puerta como si fuese a hablarle, pero la madera prefirió el silencio, así que después de cinco minutos parando las orejas, intentando escuchar el rumor de pasos volviendo, decidió que era hora de agarrarse la cabeza, con ambas manos, como desesperado. Comenzó a sentirse mal el también, sentía un extraño vacío en pecho y estómago, ¿ocho años juntos y termina con un me voy? ¿así? ¿a mí? ¿Qué le hice? Quince preguntas después, todas del mismo tenor, anticiparon el estallido de bronca. Rompió el diario en tiritas, pateó dos sillas y buscó el retrato de los dos en Bariloche, para romperlo lo buscó, pero no lo encontró, ella se lo había llevado. Ahí comenzó a calmarse, especuló con la idea que cuando viera esa foto, ambos rodeados de nieve y atrás el micro de la excursión con ese halo romántico, ella sabría que tenía que volver, él imaginó un futuro Miguel, espléndido en su robe verde oliva, un vaso de whisky en la mano decorando su relajada pose en el sillón, él sonriendo magnánimo entre volutas de humo a la llorosa mujer que balbuceaba excusas sin atreverse a otra cosa. Sería su hora de triunfo.
Media hora más tarde, sus pensamientos habían abandonado todo optimismo, ella nunca volvería, y tenía razón en haberse ido. Los últimos tres años él se había olvidado bastante de ella, el trabajo, los viajes de negocios a Brasil, sus salidas con amigos, habían desplazado el interés por una Irene que, al principio reclamaba un lugar en su vida, pero luego fue perdiendo kilos y argumentos, para terminar siendo una sombra que dormía a su lado.
Eso sí, el no le había hecho faltar nada, hasta la asoció a un club para que hiciera nuevas amigas, es más, recordaba las apasionadas cartas que le había escrito cuando estuvo esa semana en Río por el congreso, allí volcó las más convincentes palabras de amor que ella hubiera leído nunca. Claro que no olvidaba ese pequeño detalle irrelevante, nunca le mandó esas cartas, las escribía a la noche con la promesa de pasar por el correo a primera hora de la mañana, pero nunca fue, mucho calor en Río para caminar tanto. Pero se las entregó en mano a su regreso, junto con el perfumito francés, todo un golpe de efecto. Ella no se había emocionado al recibirlas, aunque puso cara de sorpresa. Otras anécdotas desfilaron ante sus ojos, como ciertas copias viejas de una película muda. Miguel se despreció, había fallado como hombre y amante. siempre se dejaba ganar por las emociones, se sentía comprometido con ellas, generaba ideas e impulsos de hacerlas realidad, pero al rato, al día siguiente a más tardar, ya se había olvidado de lo que antes sentía insustituible, era un veleta egoísta…
Y esa maraña de pensamientos contradictorios lo fue llevando a la borrachera que prolongó hasta la madrugada, luego se desplomó en la cama solitaria para dormir dieciséis horas de un tirón.
Se había levantado vestido de resaca, para estar a tono optó por atuendo de entrecasa y no afeitarse, su vida entera podía reflejarse en el desaliño de ese atardecer. Se hizo un café y ya despabilado buscó el diario que ayer había destrozado, cuando vio las tiritas en el suelo y las sillas volteadas el desánimo fue más intenso. Ya era noche cuando curioseó en la heladera buscando algún resto que lo alimentara. Lo que quedaba era media milanesa y un tomate partido que despachó con un vasito de vino. Estaba parado frente al espejo del baño cuando decidió que eso no podía quedar así. Se rasuró la barba entrecana, se peinó y se vistió con su mejor ropa sport. Así salió del departamento decidido a caminar hasta encontrarla, debía salvar su pareja. Muchas cuadras después, en una calle mal iluminada y de la cual no sabe el nombre, ve una mujer parada en la esquina que lo mira sin disimulo, olvidado ya de su tierno propósito, decide acercarse para mirarla mejor, un ¿tal vez? Se ha instalado en su mente, cruza despacio, con cautela nacida en la necesidad de planificar el abordaje. Ahora la ve y juzga que es una linda mujer, que le sonríe coqueta, entonces ahí, en ese preciso momento, decide modificar sustancialmente el rumbo, dejar de lado todas las tácticas de acercamiento conocidas, para ensayar por primera vez la verdad para comenzar una posible relación amorosa. Entonces le dice –Buenas noches ¿podría decirme en que calle y barrio estamos? Es que de puro tarambana y distraído, me perdí… |