Musas
Llegaron como un rayo inundando de luz el alma, me provocan fiebre, calentura extrema disparando el pulso que de pura locura, desafía precarios equilibrios para subirse a la más floja de las cuerdas, debajo está el abismo de la incomprensión, pero sospecho que no hay peligro, si caigo, ellas me depositarán con dulce suavidad en lo más recóndito de su pensamiento, ahí estoy a salvo, tibio como un gorrión…
Son musas y son tres, suelen despertarme con sus charlas leves, el misterioso llamado que impulsa la fiebre, fiebre de escribir…
Hay una que esconde sus penas detrás del espejito perlado de su sonrisa triste, cuanto más triste está, más es el poder de su inspiración. Suele circular acompañada por un ramillete de duendes huidizos, los presta con recato y disimulo.
Otra dice que es enfermera, pura superchería de musa, sus pies descalzos conocen todas las alfombras y huelen a hierba fresca después del aguacero, también suele contar que es entrerriana, su influjo es más amigo que el mate amargo.
La tercera, ay la tercera, hasta recuerdo que fue la primera, que tierna fue su bienvenida, tan tierna que me dije - ¿pero que hice…? pobre señora ¡que confundida está, cree que soy escritor! Después supe que era musa, mía y de su hermano, ella alimenta la más rebelde de mis escrituras reclamando a un Efraín que de tan loco se le hace real que recupere para ella los mails perdidos.
Ellas no pierden el tiempo, viven y sueñan sin tiempo, habitan esa dimensión donde ayer, hoy y mañana suceden al unísono, haciendo inútil el antes y el después, el siempre y el jamás.
¿Cómo pude haber tenido tanta suerte? ¿cómo aparecieron estas rosas en el jardín? Lo cierto es que me contagié, ignoro la enfermedad y sé que la fiebre es ese extraño síntoma que me niego a combatir. Porque si me enfermo significa que estoy vivo, vivo para escribir, y ellas luego me leen, así como las leo.
¡Magia! Magia de leerlas y ser leído, del encuentro casual en un blog cualquiera. |