No será elegante ni discreto, pero debo comenzar con un conflicto, no me seduce la consigna que nos dieron, sería largo y agotador explicar el motivo, no quiero atormentarlos y lo dejo precisamente ahí. Todo se complicó, pues tampoco tengo motivo definido para escribir sobre él.
En estos casos, lo sensato sería no escribir nada, pero estoy saturado de nadas, además ¿por qué ser siempre sensato? Es tedioso y produce desequilibrios a largo plazo. Aunque no lo crean, muchos sensatos a ultranza terminan en manicomios, que nombre horrible, después los más cariñosos les dicen “loquitos”, otros, más fríos, los denominan dementes, alienados y otras yerbas.
Fríos o cariñosos, a ninguno se les ocurre llamarlos personas a los internados, eluden ser confundidos, temen ser confundidos. Suponen que están libres aunque no puedan dejar quieta la noria.
Pero me estoy centrando en un tema y no es mi propósito. Pretendo dejar la mente divagando y que mis dedos se hagan cargo. Pobres dedos humanos, de cuanta felonía participan, ellos que sólo son felices cuando rascan. Por ahora siguen su danza de teclas, dibujan palabras que pretenden ser imagen.
Sigamos ahora al hombre que camina desafiando el frío matinal, el ritmo de sus pasos delata el poco entusiasmo que lo acompaña al trabajo, sus ojos lo guían mecánicamente, brújula ciega y ausente, es que está pensando en ella, la ve y escucha, siempre distante, siempre evadiéndolo. Laura le tiende trampas, le sugiere instancias de proximidad prometiendo encuentros, él devora con ansias el cebo y cuando da rienda suelta a su entusiasmo, el pase de muleta de la torera lo deja en ridículo, la promesa torna en “alguna vez podrá ser”, o sea, nunca. No puede comprender esa crueldad, menos entiende su propia obstinación en amarla. Se insulta diciéndose estúpido, se desprecia. Luego vuelve a verla, siempre alejándose ¡dios! cuanto la quiere…
Dos señoras conversan frente a la casa de una de ellas, son bien mayores y mientras charlan, miran de soslayo para ambos lados, con desconfianza, sin embargo la de la casa no piensa invitar a la otra a que entren, apenas llevan dos años de ser vecinas, no corresponde más intimidad que la puerta entreabierta, aunque teman estar expuestas a que las roben. Total, para criticar a otros no se precisa techo y esa vieja no tiene por que saber como es su casa.
Un niño juega con su play station, la madre mira la tele en el living, en el dormitorio el padre mira archivos de su trabajo en la laptop. Llevan hora y media así, alguno habrá ido al baño tal vez. El teléfono suena cerca de la madre, atiende sin dejar de mirar la tele. Es la hija que le dice.- Hola, no me esperes a cenar, chaucito. La madre responde.- Bueno, chau … y cuelga.
Un jovencito entra en su casa, apenas mira a su madre que está planchando. Entra en su cuarto apretando en su mano los sobrecitos que acaba de obtener de los hombres del Corsa negro. Ya ni recuerda que vió al Corsa alejarse con su novia adentro, acompañando a los dos tipos que en trueque, dejaron los sobrecitos. Pone heavy a todo volumen, se tira en la cama sin apagar la luz ni descalzarse, abre un sobrecito…
La monjita entra en la capillita de la congregación y se persigna de frente al altar, ha pasado todo el día en el hospital, asistiendo enfermos, intentando confortarlos con su presencia y sus palabras, se siente cansada y vacía, por eso necesita rezar. Ya de rodillas va musitando una a una sus oraciones, los ojos cerrados y la cabeza inclinada. Luego queda en silencio unos minutos en la misma actitud. Todavía arrodillada alza su mirada a la cruz, sus oídos están listos para escuchar. Tan cansada y vacía como vino se retira luego de hacer la señal, se pregunta ¿tal vez mañana?
No puedo omitir esto, fuí tan gil, que alzé un tomate y lo creí una flor.
Luis, 15-06-2010 |