De ilusión también se muere
Estoy acompañando tus pasos en éste, tu sendero final. Te encontré a la vera del camino, tenías los ojos clavados en algún horizonte y las manos vacías, tan vacías de otras manos que vislumbrabas en ese remoto confín. Emparejé mi paso al tuyo y luego comenzaste a hablar, pero no eran para mí tus palabras, te hablabas a ti mismo, a ese hombre que caminaba recto a la muerte creyendo perseguir un sueño dorado. Te impulsaba la esperanza y te aguardaba la nada.
Escuché por leguas tu soliloquio, la pena de caminar solo de ella, solo de todo.
Quizás el sol te encandilaba de día y el recuerdo de su sonrisa castaña de noche, sólo puedo conjeturarlo, no se puede aprehender lo que no se ha vivido.
Nunca te dije nada, ni una frase de consuelo por los besos que te negaron, por las manos que no recorrieron tu cuerpo de hombre joven; ella se comió tu juventud y tu te dejaste devorar, tan solo por soñarla despreciaste la verdad de los hechos, pecado de juventud. Te habías creído fuerte, inagotable, inmortal…
aquí estás, ya tus piernas vacilan y las llagas de tus pies tiñen de rojo tus huellas. Es que pronto comprendí que ya estabas perdido, que solo podía acompañarte a bien morir.
Ahora estamos echados a la sombra menguada de los pinos del recodo, tengo tu cabeza sobre mi pecho, escucho el susurro cada vez más tenue de tu respiración mientras velo tu sueño, tu último sueño viviente. Se puede percibir el recato de la parca que se acerca sin tocarme, es tu turno, no el mío.
Quisiera que no sueñes con ella ¿para qué darle ese gusto? Si nunca soñó contigo, si escondió sus pechos de tus ojos reservándolos para cualquier otro, o para su propia adoración. Sé que es inútil, exhalarás su nombre en el aliento postrero, abrirás tus ojos para no verla de nuevo…
Sucedió Abel, tus veinte años se quedaron en un recodo del camino, los pinos alientan vientos en tu fúnebre honra. La muerte se retiró y te dejó hecho piel y hueso, sin sueños ni alma. No te enterraré, que el viento y los perros dispongan su festín, ya estoy viejo para esos menesteres, te acompañé, nada más. Tus horas estaban contadas y las fui guardando. Para tu dudoso consuelo, muerto fuiste útil, resultaste buen pretexto para un pobre cuento tan cruel como desesperanzado. Si nada somos en el cosmos, para nada importamos, a ella, nunca le importaste, ni vivo ni muerto. |