El inefable Panegírico y sus complejos
Luis
No es tarea sencilla relatar la azarosa vida de Panegírico Apolinario Urretavizcaya, pero vale el intento, debiendo aclarar debidamente al respetable público lector que, todo lo que aquí se menciona está debidamente documentado y comprobado por los autores de esta obra, advirtiendo también que, el nombre de Luis es ficticio, pues los astutos recopiladores de toda la documentación prefieren el anonimato para prevenirse ante las posibles causas legales que la familia de Panegírico pudiese entablar contra ellos. O sea, los autores reales somos flagrantemente cobardes y alevosos. Vaya nuestro reconocimiento prematuro a: la Enciclopedia Británica, el Ministerio de Interior, la Corte Suprema y el Corán. Siempre conviene mencionar al Corán en estos días tan tumultuosos. Por las posibles represalias, vio ….
Panegírico, hijo legítimo de Romualdo Urretavizcabalbiscoechea, (Urreta, para los allegados) y Afrodita de los Ángeles Cid, nació un frío día de enero de 1928, en la ciudad de Rafaela, Pcia de Santa Fé de la Veracruz. Esa fecha, que no mencionamos dada que es de conocimiento público por haber sido instituída como “Día Internacional del complejo” a instancias de la ONU, la EPA, la KGB y la Sociedad Psicoanalítica Escandinava, es recordada por las estadísticas, tan inciertas como de costumbre, del Servicio Meteorológico Nacional, como el día más frío de 1928 a pesar de registrarse en verano. Este hecho, tal vez arroje alguna luz interpretativa sobre el extraño devenir de Panegírico, de no ser así, tal vez aclare porque a Irigoyen se le empezó a podrir el pescado en la olla, la cual reventó en 1930.
El primer complejo de Panegírico, nació con él, la nurse, en lugar de las clásicas palmaditas en la colita, le aplicó un tremendo patadón de voleo, que terminó con el recién nacido estampado contra el techo, cual mosquito abatido con una toalla asesina. Complejo de mosquito quieto
Cuando se lo presentaron a la dulce Afrodita de los Ángeles, ésta lanzó un grito de terror. Segundo complejo, aterrorizo al otro, y a la otra también.
Los siguientes complejos de Pane, fueron generados con el amamantamiento. Los pechos de su madre eran extremadamente pequeños, apenas dibujados en el torso, y estaban rematados por pezones cuadrados de color verde. Complejo de extrañeza. Además, el líquido espeso que chupaba el bebé, tenía escaso parecido a la usual leche materna, era rojizo y con sabor a Benadryl. Complejo de alergia. Con semejante inicio no es de extrañar que fuese el único bebé en la nursery acostado de espaldas al vidrio de observación. Complejo de tengo cara de culo.
Los primeros meses de vida transcurrieron en idéntico tono, pero lo que marcó para siempre a Pane fue lo ocurrido el día en que cumplió 18 meses. Fue echado de casa por su padre, el buen Romualdo, con motivo de haberse hecho caca encima, el bebé, que a la sazón pesaba 5,6 Kg, fue arrojado a la calle por el tierno progenitor, quien ni siquiera reparó en el pequeño detalle de que el lujoso apartamento que ocupaban carecía de baño. Es que el padre no estaba para los detalles nimios, estaba para las grandes cosas, como las grandes de muzzarella y anchoas, las grandes tetas de su cuñada y la gran depresión de EEUU. Su cosmovisión era realmente grande. Así fue que el pequeño quedó abandonado, en pleno invierno, en la calle, al costado de un poste de alumbrado público. Pero esta situación tuvo pronta solución, Rigoberto, el hermano marinero de Afrodita, volvió a casa dos meses después, y al ver al niño todo sucio y maloliente en la calle, se hizo de una escoba y pala grande, lo recogió con gran cuidado y se lo llevó a su hermanita creyendo regalarle un perrito abandonado. El trauma abandónico fue inevitable para Pane.
La vida escolar de Pane fue generando en el niño nuevos hechos traumáticos, ser el más débil, el más cobarde, el más tonto, el más feo… El pobre niño se fue convirtiendo en una sumatoria de flaquezas y minusvalías, una verdadera y lamentable porquería humanoide. Eso enfureció aún más a sus padres, quienes habían engendrado otro hijo, Amilcar Evaristo, cinco años menor que Pane, pero que había recibido el beneficio de ser alimentado por una nodriza de sangre árabe, con pechos enormes y henchidos que alimentaban a Amilcar, a su padre y porque no, a su madre también, cuando ella descubrió una nueva faceta en su exquisita personalidad. Como dijimos, la escasa evolución de Pane había enfurecido a sus padres, y fue así que al repetir primer grado por sexta vez, con 11 años cumplidos, fue expulsado de nuevo del cálido hogar.
Pero hasta el animal más insignificante lucha por sobrevivir, aún en las condiciones más adversas, así Pane aprendió el valor nutritivo de las cucarachas y la corteza de los árboles, lo acogedores que son los zaguanes de madrugada y el buen uso que se le puede dar a los diarios abandonados por esa gente que no cuidaba el medio ambiente como nuestra evolucionada cultura actual nos lo dicta. Hoy no compramos diarios, vemos la tele, a Mirta y Susana y así, sabemos todo de todo, mientras nuestros hijos, seguros en sus habitaciones, se masturban placidamente saboreando un porro o tragando las pastillitas verdes que mamá llama estúpidamente, antidepresivos, ansiolíticos o, los excitantes sexuales que papi consume para conformar a mami y, deleitar a la otra. Pero sigamos con Pane, vivió en la calle hasta los 22 años, llegó a un razonable peso de 43 kg, dada su altura, 1,55 m. A esa edad, recordando el viejo axioma paterno, “en la vida hay que ser alguien para llegar a algo”, decidió que quería ser “alguien” pero lo desconcertaba ese “algo”. Es que papá siempre fue de pocas palabras, muy escueto y críptico. Pero Pane estaba convencido que “algo” debía ser grandioso y digno. Así que se planteó primero ser “alguien”, probó suerte como filósofo hedonista, relojero fino, pintor geométrico, wing izquierdo con diagonal, actor de reparto, agitador de masas, Gran Maestre de la masonería, general retirado, corrupto arrepentido…. Nunca duró mas de cinco minutos en cada uno de sus intentos, peor aún, en ciertas actividades era trompeado a lo tres segundos y debía optar por una inteligente retirada. Hay dos fotos del 17 de octubre de 1945 en las que, mirando con lupa, se puede observar a Pane espiando desde atrás de un árbol, como el aluvión zoológico, tal como lo definen los más preclaros intelectuales de la época, se lava las patas en Plaza de Mayo. El intento de Pane era convertirse en una réplica en escala reducida de la Pirámide de Mayo, así sería “alguien”. Un sindicalista un tanto ebrio lo descubrió y Pane tuvo que emigrar a Montevideo. Pero los hermanos orientales no lo trataron mejor, no servía ni para las murgas de carnaval, y lo tiraron al río nomás. Mientras flotaba a la deriva, Pane admitió su fracaso en ser “alguien”. Después de diversas terapias individuales, pues no hubo grupo que lo admitiese, terminó con una lacaniana quien, desesperada por no lograr ningún avance con Pane, es más, los complejos se seguían sumando y ya eran 1048 para esa época, decidió acostarse con él como último recurso para conseguir alguna proximidad con esa personalidad, digamos, casi cósmica por lo caótica. Cuando la lacaniana vió el cuerpo desnudo de Pane, ahogó un grito y valientemente lo llamó a su lado en el lecho. A los dos minutos, ella se levantó llena de asco e ira, lo tomó de los testículos y lo tiró por la ventana diciendo algunas palabras que luego la atormentaron. Seis horas estuvo la pobre analizando su propio discurso, tan complejo, profundo y simbólico como había resultado. Es que decir algo tan tortuoso como ¡Andate a la mierda! no es moco e` pavo. A la mañana siguiente se suicidó, mezclando Pepsi con Bayaspirina C y una cereza con crema.
Al caer sobre el asfalto, Pane, acostumbrado a estos menesteres se sentó en él y decidió que lo importante ahora era llegar a “algo”. Nunca llegó a “algo” peró llegó a Olga. Olga Svetiana Ishidmayeva, era una domadora de fieras en el afamado “Circo Tres Balas”. Adoptó a Pane como si fuese un cachorrito desvalido y lo puso a dormir en una cajita debajo de su cama. El único problema para Pane era que cada tanto la visitaba algún artista amigable, y el ruido de la cama sacudida le impedía el sueño, sobre todo cuando los visitantes eran el trapecista o el Hombre Bala. Ese fue el último complejo que incorporó Panegírico, el del fleje chillón.
A pesar del alimento que le daba Olga, por primera vez en su vida carne, cruda pero carne, Pane, aconsejado por el payaso de las risas perdidas, decidió abandonar esa vida y, poner en venta sus complejos. El payaso le dijo que, en este mundo loco, con buena publicidad se vendía cualquier cosa y que público sobraba. Tanta gente que vive tan despreocupada de todo y colmada de dicha, ¡cómo no desearía adquirir algún complejo para darse el gusto de poder ir a un analista para contarle al menos, ese problema! ¡Hay que vivir y dejar vivir!
Nota del autor: mi hermana, después de leer este cuento expresó que, de Panegírico, todos tenemos algo. Es interesante acotar que ella es psiquiatra con más de 30 años de experiencia |