¿Qué cantás, Chino?
Era un habitante del tango, sabía la letra de más de cien y solía canturrearlos con esa voz ronca que los años y tragos le habían dejado. Tangos de todo tipo, románticos, melancólicos, satíricos o reos. Era algo así como la memoria viva de muchos cantores, músicos y poetas, y se preciaba de serlo. También decía que él podía cantarlos porque, más allá de algún accidente de afinación, sabía bien que era lo que se cifraba en la letra de un gotan, aplicaba las pausas como si fuese el mismísimo Polaco. Sin embargo, había tangos que se negaba a cantar aunque los supiera de memoria, una sorda resistencia interior le impedía compenetrarse con esos versos deprimentes. Tal vez lo cierto fuese que no le parecían versos dignos de ser cantados por un varón cabal, o que se yo que otra macana se le había metido en la cabeza al fulano, pero lo cierto, es que nunca los cantaba. Alguna vez, otro parroquiano del feca le había pedido que entonara La última copa, el quía se broncó y le dio la espalda diciendo –un hombre no necesita la excusa de un mal de amores pa’ encurdelarse. Y de pura bronca cantó De puro curda para recibir la ovación de la gilada que escuchaba gratarola. Así era Pascual Arévalo, alias “el Chino Arévalo, tanguero hasta la médula flaca de sus huesos duros y corajudos, un hombre cabal.
En el rrioba nunca supimos de sus amores, era muy reservado y nunca hablaba de mujeres con nadie, ni la patrona del inquilinato supo jamás arrimar algún chisme sobre él a las comadres. Sabíamos que la yugaba de puestero en un mercado de Flores, que no tenía deudas y era generoso para el envite en el estaño. Los curdelas del feca lo querían como a un hermano, el Chino siempre les convidaba una copita de lo que gustaran.
Sobrio en el vestir, con buena pilcha y percha pa’ lucirla, caminaba las tardecitas de Balvanera con pasos acompasados de yumba. De vez en cuando le tiraba un guiño a la suerte con el quiniela del lugar, después rumbeaba a la peluquería o al café. Era atildado y pulcro el Chino, siempre de saco y camisa al tono haciendo juego con el pañuelito infaltable al costado de la solapa.
Había llegado a un acuerdo con el dueño del café, el Chino iba a cantarle a la muchachada todos los sábados a las once de la noche, entonces el café se llenaba con los habitués y muchos más que venían hasta de Avellaneda para oírlo cantar. Como el hombre cantaba por el gusto de cantar y por buen tipo, se negaba a percibir paga alguna del comerciante, pero arregló con éste que, si se juntaban más de cincuenta parroquianos que consumían, el tronpa mandaba un vaso de vino gratis para cada uno y una botellita con un lomito para el cantor cuando finalizaba la función. Más de dos años duró este pacto de caballeros cumplido a rajatabla.
Pero un día, bueno o malo, Arévalo desapareció de los sitios que solía frecuentar, se comentó que salía temprano como siempre del inquilinato pero no volvía hasta muy entrada la noche. Corrió el rumor de que una pollera había alterado su vida, el caso es que por tres meses poco y nada se supo de él.
Un sábado al atardecer entró al café con su guitarra, estaba extrañamente barba de días y el cuello de la camisa se veía sucio, se acodó en el estaño y comenzó una peregrinación de ginebras y grapas. Entrada la noche, desenfundó la viola y la afinó con dedos vacilantes. Sin apartarse del mostrador y apoyando en él la espalda, miró a los concurrentes con gesto torvo y comenzó con…
“Decí, por Dios ¿Qué me has dao, que estoy tan cambiao, no sé más quien soy?
El silencio cortaba el aire como un puñal, nunca antes había cantado Malevaje, odiaba ese tango, no aceptaba que un hombre cayera tan bajo por una mujer…
Esa fue la última vez que vimos al Chino, como tantas cosas, cayó en el olvido y hoy, tanto tiempo después, creo que soy el único que lo recuerda, a él y su rencor.
Porque pienso que se ahogó en rencor, no con ella, con Discépolo, quien lo obligo a pensar que no sabía quien era. Mi vieja me dijo que lo vio un domingo en la iglesia de Pompeya, hincado y rezando… |