Ya se despojó del resto, de él solo han quedado las manos, autoras de este texto, por eso no tiene título, las manos no manejan conceptos tan hondos, sólo escriben palabras al azar, por eso debo ser yo quien lo lea, las manos no tienen boca, por sí solas no emiten más sonido que un aplauso.
Quedaron las manos escribiendo, se los encomendó la cabeza antes de que la dejara en un negocio de sombreros para ponerla en la vidriera modelando un panamá.
Los ojos se los regaló a una cieguita, la boca se la dio a una estudiante para que la use como monedero. La nariz, la dejó en la mesa de un bar que no tenía recipiente para escarbadientes. Así fue repartiendo órganos y partes anatómicas, los pulmones se los donó a una revista para su campaña antitabaco y los riñones, a unos chicos, que habían perdido la pelota.
Corazón e hígado se los tiró a los perros hambrientos, con los genitales quiso hacer lo mismo, pero como los canes los rechazaron, los dejó en una cloaca, las ratas se encargaron de eso.
Así con todo fue generoso, menos las manos, ellas tienen que seguir escribiendo, tan a ciegas como cuando la cabeza dictaba, al menos podrán hacerlo hasta que los dedos se caigan de podridos…
Además, de esta manera, la aseguradora no podrá utilizar la excusa del suicidio para no pagar el seguro a los familiares, figurará como desaparecido y, en pocos años, cobrarán el monto actualizado más intereses. No encontró otra alternativa, no se la pudieron dar o no quisieron darla.
Si alguien se entera de la verdad de los hechos, habrá otros que se pondrán a revisar la teoría existencialista y el vago concepto de trascendencia. Yo se los leo para que sepan que fue de él y que escriben sus manos.
Porque la orden que dio esa cabeza hoy ensombrerada, sin ojos, nariz y boca, tenía su fundamento. Una vez, había escuchado decir que, la probabilidad de que entre un millón de monos munidos de instrumentos musicales, uno, sólo uno, ejecutara la novena sinfonía, no era nula, era infinitesimal, no nula. Entonces pensó que, la probabilidad de que unas manos que tienen miles de palabras escriban un texto coherente, tampoco era nula. Algo así como dejar encendida una lucecita de esperanza muy chiquita y lejana. Entonces, las manos obedientes continuarán escribiendo palabras al azar, hasta que obtengan un texto coherente o, hasta que la lucecita brille y se agrande tanto, tanto que puedan dejar de teclear para tomar entre ellas eso que tanto anhelaba esa cabeza y el resto de él, esa lucecita hoy mortecina, agonizante. Las palabras no abrazan ni se pueden abrazar. Tarde comprendió eso, tan tarde, que una mosca merodea las manos.