Dos sombras
El sol inclemente agrieta la tierra dibujando telarañas en el material reseco, arbustos porfiados y amarillentos intentan diferenciarse en ese tapiz marrón agrisado de la planicie. No hay colinas ni arroyos en ese paraje, la única sombra es la del hombre que camina con la cabeza gacha y el paso lento de los que van sin saber adonde van, lo lleva la inercia de haber siempre caminado, impulsado por la palmadita que le dieron al nacer.
Ya ni recuerda haber nacido y mucho menos para qué, han pasado tantos años y caminos que si volviera la vista atrás vería una lejanía hecha de esquinas con perros vagabundos y algunos borrachos apoyados contra unos rojos buzones, niños saliendo de los colegios como muñequitos blancos que no paran de saltar, autos atropellando en las calles y manifestaciones con blancos carteles. Todo eso vería, pero sin poder escuchar nada, ninguna palabra, grito o llanto; es que la memoria del hombre ha enmudecido.
El hombre camina sin darse cuenta que no tiene habla olfato ni oído, es más, no recuerda haberlos tenido, su mundo y su vida permanecen en el más obstinado de los silencios, se ha envuelto en ese piadoso manto que ni el ácido olor de la tierra malherida puede perforar.
Sobre su cabeza el cielo turquesa reclama su mirada, pero el hombre ha resuelto no mirarlo nunca más, no quiere ver nada que le provoque ilusión, del sol sólo percibe calor y la luz que dibuja su sombra, ya no hay luna ni estrellas en sus noches, del mundo de arriba sólo quiere la lluvia, agua para beber y poder seguir caminando. Su alma es tan desértica y árida como el suelo que pisa, guarda cierta noción de sí mismo porque conserva un vago recuerdo de otros, se ha convertido en una reminiscencia caminante y y no hay conjetura que pueda perturbar su marcha sin destino.
Nunca se detiene, una máquina sorda y muda que se confunde con la tierra que recorre, sólo su sombra móvil se distingue del resto, tan sorda y muda como el objeto que la origina. Su sombra es su única creación, el movimiento realza su obra, por eso siempre camina el hombre, para que el cielo vea dos sombras caminando juntas e inseparables, la perfecta ilusión del amor. |