Persiguiendo recuerdos
(De la bitácora de un navegante en el mar de la Melancolía)
Cuando estando en altamar, el olvido no quiere cubrirnos con su manto piadoso, el ejercicio del recuerdo suele generarnos estados diversos. Mas si los recuerdos son de momentos amorosos y felices, una indefinible mixtura de nostalgia e insatisfacción nos aprisiona. ¿Quien no desea continuar viviendo momentos como esos? Debemos buscar como repetirlos!
Es entonces que nuestra mente comienza a pergeñar inverosímiles estrategias de recuperación del tiempo y espacio perdidos. Como almirantes insensatos, damos órdenes confusas y contradictorias a una flota sin barcos, marineros ni equipo, desplegamos mapas y clavamos banderitas en torno a la imagen de quien ayer nos diera felicidad como si pudiésemos establecer un infranqueable cerco capaz de debilitar toda defensa.
Pero luego, las imaginarias noticias del frente nos hablan de sucesivas derrotas, los botes patrullas persiguieron la imagen por todo el océano, sin hallarla jamás, y terminaron muriendo de agotamiento extremo. La guerra fracasa cuando de amor se trata; nos dormimos exhaustos.
Días después, nuestros ojos nos sorprenden lagrimeando en el momento menos pensado ¿será que la memoria de la búsqueda se instala en las pupilas…? Ha llegado el momento de soñar despiertos, una y otra vez la imagen se presenta en nuestra pantalla interior, desleídos los colores, una silueta gris, imprecisa y vaga, es lo único que vemos. Eso nos trastorna y renueva nuestras ansias de recuperación y conquista.
Largas jornadas de recuerdos reiterados y caminatas en cubierta, noches alargadas por la sensación de causa perdida, insomnio de ojos abiertos buscando la imagen en un cielo sin luna ni estrellas. Fuerte sopla el viento, el mar se encrespa con el huracán de la pasión y las velas destrozadas se pierden como fantasmas en la cerrada niebla; luego la calma y la embarcación a la deriva, proa a lo desconocido. Aferrados al timón, sentimos que unos dedos invisibles nos acarician y pellizcan la espalda, mientras dos piernas generosas se enroscan en las nuestras hasta derribarnos. Yacemos frente al timón, no tenemos fuerzas para levantarnos y dejamos que el azar elija el rumbo, total, ya no importa, solo queremos dormir y no pensar ni sentir, preferimos ignorar y que nos ignoren hasta las gaviotas y los peces. |