El banquete de las diferencias
Mol, 07/01/2011
Diferencias, disimilitudes, distingos, palabras que cifran aquello que rompe la monotonía de la uniformidad inane, entonces ¿por qué temer lo diferente? ¿por qué inquietarnos cuando surgen diferencias?
Hemos nacido con sentidos que usamos para advertir las diferencias, hueles diferente, el sabor de tus labios no se parece a ningún otro que haya conocido, cuando veo tu sonrisa hasta el sol brilla distinto,…y así vivimos, porque eso es la vida, experimentar todas y cada una de las diferencias hasta sentir que nos pertenecen. Esa es la pertenencia, el conjunto de las diferencias que nos consolida en el ser.
Es cierto que a menudo usamos mal las diferencias, las transformarnos en motivos de inquinas y odios, las bastardeamos de puro ignorantes que somos, diferencias de sexo, de color, religión, políticas, sociales, generacionales, geográficas. Marginamos a otros y somos marginados por otros más otros , o sea, vivimos al margen de nuestros sentidos y nuestro ser, como exiliados en una caricatura de nuestra propia esencia.
Amemos las diferencias, sentémonos a la mesa del fabuloso banquete que ofrece la vida, las viandas son infinitamente distintas y sabrosas, los vinos recogen el sabor de todas las vides de todas las regiones, y los postres…los postres son nuestras diferencias amalgamadas con el azúcar del amor a lo distinto.
¿Temes las diferencias que, según tu, nos separan? Te invito a jugar el maravilloso juego de las diferencias, tiene una sola regla, nuestra mayor semejanza es que ambos seamos significativamente diferentes el uno del otro.
¿Tienes miedo a jugar? Sabes, el problema es que te enoja sentirte una chiquilla y por eso no te atreves a jugar. Yo en cambio, acepto con goce el rol de chiquilín, juego y me divierto, gane o pierda el juego. Esa es nuestra gran diferencia, ahora la llaman actitud, creo que son temperaturas internas diferentes, nada más.
Sentirse joven, o mejor aún, niño, es nuestra mejor oportunidad de recuperar la inocencia, y los inocentes se caracterizan por aceptar las diferencias sin temores.
Por todo esto, quisiera ver a todos sentarse a la gran mesa del banquete de las diferencias, dispuestos a ser felices inocentes, deseosos de degustar los manjares, ver los colores, oler los aromas, tocar todas las manos, oír las risas y los llantos. La cena está servida |