La aspiradora de Dios
Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido, a pesar de esa intromisión lo dejé pasar, algo en él me inspiraba confianza. Era un joven vestido con jean y remera azules, tenía una barbita incipiente. Su mirada era clara y expresaba confianza en si mismo. Lo invité a sentarnos en el patio, la tarde calurosa me animó a ofrecerle un refresco que aceptó con una sonrisa. A continuación comenzó a hablar:
- Soy estudiante, vine desde Colombia y como mi beca es un tanto exigua, utilizo mi tiempo libre ofreciendo mis servicios a los vecinos- esa fue su presentación.
Luego de pensar un instante y mirándolo con cierta sorna, le inquirí:
-¿Y de que tratan tus servicios?
-Cuento cuentos- respondió añadiendo:
-Del tipo que usted prefiera, si le agrada mi cuento, usted puede pagarme lo que considere justo, si no le agrada, igual habremos pasado un buen rato.
Consideré su propuesta mientras él observaba curioso las plantas distribuídas en las macetas del patio. Al cabo de dos o tres minutos le dije:
-A ver ¿cómo sería un cuento de misterio enmarcado en el género ciencia-ficción?
Entrecerró los ojos castaños, meditó unos segundos, y sin abrirlos comenzó a contar:
-Un hombre mayor, de unos sesenta, había adquirido un telescopio con un dinero que le sobraba. Su propósito era observar los astros, un deseo que llevaba guardado desde la infancia. Después de muchos intentos fracasados, una tarde consigue alinear el aparato en su terraza; esa misma noche, luego de consultar viejas cartas estelares, comienza a observar Rigel, una de las reinas de la constelación de Orión.
En sucesivas noches procede a la observación de diferentes estrellas y planetas, los objetos más representativos del cielo meridional. Con la cámara adicional que compró junto con el telescopio, fue sacando fotos que luego mostrará a sus amigos.
Pero una noche, viendo que el cielo está más libre de smog que lo habitual, decide volver a mirar los astros ya visitados. Ahí se desencadena el drama, no consigue ningún avistaje. Al principio piensa que el equipo se ha desalineado, o que la pequeña computadora que lo opera ha sufrido algún desperfecto, pero después de innúmeras verificaciones comprueba que todo está en orden. Muy nervioso, vuelve a consultar las cartas estelares y las bases de datos de su ordenador. Nada, en ningún archivo aparecen los astros buscados, como si una mano misteriosa los hubiera borrado del cosmos y los documentos.
Esa noche no pudo conciliar el sueño, no podía asimilar lo sucedido, es más, se negaba rotundamente a creer que eso fuese posible.
A la mañana siguiente se comunica por teléfono con un conocido astrónomo y le nombra las estrellas ausentes. El sabio se manifiesta sorprendido, no reconoce los nombres, hasta le sugiere que mejor consulte a un especialista en salud mental.
Así, el pobre hombre se encierra en su casa, no puede contar lo que sabe pues nadie podrá creerle. Consume las horas mientras su desesperación se incrementa.
Al atardecer, alguien golpea su puerta, a regañadientes acude a ver quien llama. Es un personaje de aspecto extraño, calvo y casi asexuado, con ojos negros enormes y redondos, ropa de diseño desconocido y un gesto de autoridad que emana de todo ese cuerpo. Siente que tiene que abrir la puerta y así lo hace. El ser ingresa y comienza a hablarle sin usar su pequeña boca desdentada, se comunica con el pensamiento. Le cuenta que ha venido desde un pequeño planeta del sistema de Vega, que trae el mandato de llevarse el telescopio, que no se explica como ese instrumento llegó a estar en poder de la Humanidad terrestre, insiste en que le dé el equipo sin pérdida de tiempo; quedan dos semanas veganas de plazo para que su civilización pueda revertir el daño causado. Le informa que el supuesto telescopio no es tal, es un arma de destrucción inventada por otra raza con sueños imperiales, que la habían llamado “ La aspiradora de Dios”.
El humano entrega el telescopio al visitante, está absolutamente convencido de que así debe hacerlo, es la única manera de aliviar su conciencia. El visitante antes de partir le transmite un último pensamiento o frase donde expresa que los terrestres seguirán siendo niños atolondrados por miles de años más…
El colombiano cerró así su cuento y luego abrió sus ojos, pareció satisfecho con lo obrado. Yo le dije:
-Magnífica historia, merece recompensa- así expresé mi aprobación.
Le dí una suma de dinero que consideré apropiada, y nos despedimos deseándonos suerte mutuamente.
Pero desde esa tarde, guardo mi telescopio en el fondo de un armario, no me animo a utilizarlo; he reemplazado mis horas de atisbador del cielo por el hábito de escribir cuentos alocados
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