Los sueños de los hombres y sus materiales
Nuestros sueños, sólo sueños son. Sin embargo, pasamos una considerable parte de nuestras vidas soñando, más allá de que recordemos o no lo soñado. A menudo, sentimos que lo que soñamos anoche, influirá nuestro ánimo y decisiones a lo largo de todo el día, como si soñáramos en borrador lo que escribiremos luego con nuestros actos. ¿ Será cierto que la realidad, a veces, no es más que una sucesión de hechos predeterminados por un inconsciente malévolo y esquivo? Si esto resultase cierto, entonces, deberíamos limitar nuestra noción de libertad a esos segundos que emplea nuestra mente para dejarnos expresar nuestros más íntimos deseos.
Pero también es cierto que en ocasiones, lo que soñamos ,expresa miedos tan ocultos que sólo se manifiestan en pesadillas atroces; al despertar nos gana la impresión de haber salvado la vida o sucumbido, o la duda sobre cual fue nuestra suerte en esos laberintos oníricos. Hasta sentimos sorpresa al comprobar que continuamos respirando pese a todo; llegamos a festejar que nos duela el cuello, la irrevocable evidencia de que la vida continúa.
Hay oportunidades en que lo soñado nos hace despertar felices al recordarlo, hemos participado en un encuentro amoroso, tal vez con alguien amado en secreto o con alguien desconocido, pero que nos ha colmado de sensaciones nuevas y muy reales. El recuerdo de esos sueños también nos conjuga el ánimo, nos levantamos con la creencia de ser hermosos, irresistibles. Así salimos de casa, preparados a sembrar piropos y galanterías a nuestro paso. Las calles se visten de fiesta y las mujeres parecen mostrar todo su esplendor. Pobrecitos nosotros, los soñadores, los esplendores siempre son para otro afortunado. Pero insistimos, torpes e ingenuos creemos que ese es el día soñado. Total, si no ocurre nada de lo esperado, siempre nos queda el recurso de llevarnos un libro a la cama, el asunto es no dormir solos. Los sueños no suelen admitir derrotas.
A esta altura del texto, es posible que una o varias lectoras, enarbolen pancartas de protesta por usurpación de sueños, entonces presento mis excusas y razones: ninguna mujer me ha querido contar sus sueños, por lo tanto, este texto se refiere con exclusividad al club de los que orinan en postura vertical. No manifiesto ningún ni tengo ánimo discriminatorio. Sólo proceso los datos que obran en mi poder.
Después de levantar la bandera blanca, prosigo con el tema; hay sueños a los que no les asignamos relevancia en su momento, pero nada se pierde en la red neuronal. Tiempo después, al presenciar o participar en cierto hecho o escena, nos parece haberlo experimentado antes. Y es así, nuestra memoria no siempre logra asociar de inmediato lo vivido con un sueño pretérito, eso nos desconcierta e inquieta. Días más tarde, el chip se enciende. Y nos sentimos muy ufanos de nuestras premoniciones, es que realmente somos tan sensibles e inteligentes, que sólo a muy poquitos nos pueden suceder estas maravillas. De ahí a pensar que somos el último estadio de la evolución, la cúspide de la especie, hay un pasito. Pasito de hombre soñador.
De esta manera va transcurriendo nuestro devenir, parte soñada y parte sobreactuada. Poniendo en juego en toda circunstancia los mismos materiales, deseos, miedos, sentimientos, pautas culturales a cumplir o desafiar, sentimientos y frustraciones. Un caldo proteico que nos cuece mientras bulle, una mezcla heterogénea e íntima en la que se van disipando los límites de cada fase individual.
No podemos dejar fuera de estas cuestiones a ellos, los degustadores de estas sopas (psiloquesea) quienes suelen acreditarse la virtud de poder separar cada ingrediente con exquisitas técnicas analíticas de aplicación cuasi universal. ¡Ay!
Para finalizar, un apunte personal:
por fortuna, un sueño que reincidió en mis noches desde la adolescencia hasta bien avanzada la “madurez”, hace años que no ha tornado a manifestarse.
Se los cuento breve y simple. Estoy en mi casa, preferentemente con mi familia, entonces, por puertas y ventanas ingresan fieras, leones, tigres y leopardos. Los bichos nos persiguen de pieza en pieza, hay infinidad de piezas con cualquier cantidad de puertas y ventanas. Siempre parecen acorralarnos, pero no nos atacan. Aterrorizados, nos refugiamos en los placares o roperos, los animales rugen esperando nuestra salida. Cuando se aburren se retiran y nosotros no nos atrevemos a salir hasta horas después. En los ambientes de la casa o departamento, queda el olor animal.
Bien, esa pesadilla la soñé desde los trece a los cincuenta años. Hoy, mi reflexión es, al fin de cuentas, los vegetarianos no son tan malos…y cuanta desconsideración de mi parte con las amas de casa. Tener que limpiar tantos ambientes.
Que tengan bellos sueños |