En vuelo
La melodía aplacaba el calor de la tarde, los ralentados compases guiaban sus movimientos; estaba terminando de revisar los cajones del maltrecho placard cuando lo descubrió. Apareció tapado por un echarpe en el que la polilla había hecho estragos, parecía una mortaja lanuda y gris cubriendo un despojo del pasado. Era el avioncito de madera balsa. Todo en ese cajón tenía el olor de algún perfume que debió haberse derramado años atrás. El aroma era dulzón y penetrante, seguro que el perfume había pertenecido a Emilia.
Ella había sido su compañera de toda la vida; hacía cuatro meses que había fallecido dejándolo solo en esa casa de paredes húmedas y ventanas con cortinas de cretona.
Entonces él recién estaba inaugurando los movimientos para poder continuar en soledad, habían sido cuatro meses de estupor e inacción. Y ahora veía el avioncito por primera vez en las últimas tres décadas. Recordaba haberle enseñado al mayor de sus hijos a jugar con ese objeto tan liviano, con alas demasiado largas para la envergadura del eje.
Carlitos había aprendido a jugar con el avión, utilizando una bandita elástica para impulsarlo a un airoso vuelo. Lo que no había podido aprender fue el otro juego, el que su padre había ensayado desde que un tío avispado se lo regaló, allá por 1954. El juego consistía en tener el avioncito entre los dedos y soñar…Soñar con el vuelo entre nubes de algodón, radiantes al sol, y debejo, poder ver campos y montañas, surcar mares encrespados en alas impulsadas por el deseo de conocer. Ese era el mejor juego, pero la vida le había enseñado que hay poco tiempo para jugar cuando uno crece, que el trabajo y las preocupaciones insumen mucha energía, hasta que uno sólo piense en dormir, sin buscar soñar lo inalcanzable.
Pero ahí estaba ese viejo impulsor de la imaginación, perfumado quien sabe cuando por Emilia. Lo sacó del cajón y lo puso en su mesa de luz.
Pasaron los días y el hombre dedicó cada vez más tiempo a permanecer en silencio, con el avión entre sus dedos, sin atreverse aún a soñar. Sí recordaba lo soñado de niño, como aquella vez en el 56 cuando al salir de catecismo, se encontró con las calles de Lanús regadas de sangre trabajadora. Los milicos habían frenado a balazo limpio la caravana que marchaba a defender a su líder. Entonces esa noche soñó que él llevaba en su planeador a las víctimas del odio, y uno por uno las depositaba en esa plaza que les pertenecía, para que lavaran sus heridas en la fuente, aquella de las patas, la que le contaron sus padres.
El avión lo atraía cada vez con mayor asiduidad, así fue que retomó el ritual del juego, horas consumidas con esas maderitas bien lijadas en la mano, soñando que volaba en busca de Emilia, guiado por el perfume que ahora se manifestaba entre las nubes amigas.
Dejó de salir de su casa, incluso dejó de comunicarse por teléfono con sus hijos, descolgó el tubo. No comió ni durmió días enteros, el avioncito entre índice y pulgar, los ojos abiertos mirando esas nubes y esos paisajes, volando mientras las aletas de la nariz se dilataban buscando el rumbo del perfume…
Así lo encontraron los vecinos cuando forzaron la puerta, alarmados por los aullidos del Toby, el perrito del hombre. Estaba tirado en la cama matrimonial, rígido y ya maloliente; el brazo derecho acodado y apoyado en el respaldo, sosteniendo con duro rigor el avión entre sus dedos. Los ojos abiertos y sonriendo. El viaje lo sorprendió en pleno vuelo. |