Susurros
Te levantas de la silla anatómica, minutos atrás, habías dejado de mirar la pantalla, y te habías quedado pensando en la charla. Estás en la semipenumbra del living, apenas iluminada por las luces de la noche que se filtran a través de las cortinas, y el reflejo del monitor. Sientes que también eres un reflejo, una imagen distorsionada por las palabras de él. Es que las palabras asesinan al mundo real, símbolos que suplantan la esencia del sujeto. Cuando miras una rosa, la rosa está allí, manifiesta e impúdica. Pero si la nombras, rosa, en el vocablo se va diluyendo la mismidad de la flor. Las palabras no perfuman ni tienen color, carecen de volumen y sustancia.
Al pensarte mujer, la mente susurra, mujer, y tu mismo ser se diluye en la virtualidad del pensamiento simbolizado en una palabra. ¿Adonde queda tu ser cuando te piensas?
¿Qué sería de él si llegaras a pensarlo? ¿Recordarías su rostro encendido después del primer beso o esa cara de desconsuelo al otro lado de la reja de tu puerta, tras el primer adiós?
Y ahora estás pensando en las palabras que el había expresado en esa conversación tan estéril como agobiante. Intentas imaginar su gesto al escribirlas desde el teclado, pero sólo llegas a vislumbrar letras sobre un fondo negro, y los dedos de él cabalgando sobre ellas.
Te has sentado en el borde de la cama, no te decides a recostarte, sientes aprehensión de hacerlo. Es que la cama misma se ha convertido en otro terreno de disputas, los encuentros no siempre han terminado bien. Él, culpa a tus miedos, tal vez para no pensar en los propios, tú, has preferido evitar la confrontación, por eso rehuyes el encuentro de los cuerpos pidiendo tiempo. Aún sabiendo que para el otro, el tiempo es un bien escaso.
Te encuentras hundida en un diálogo donde tus voces internas discuten entre sí, y te llegan los susurros de posiciones tan encontradas. Que deberías terminar esta relación, que tanta amargura ofrece, dice un susurro. Otro te habla de esperanza, que todo se irá aclarando a medida que se conozcan más. Uno, ardiente y por lo tanto irreflexivo, exclama – ¡Pero se aman!
Al colarse en sus pensamientos las voces de él, con sus expectativas y exigencias, las tuyas le responden, hablando de tiempos y modos, invocando pudores y costumbres.
Todos tus susurros se van encrespando hasta aturdirte. Te recuestas y tapas la cabeza con la almohada, pero no consigues escapar de las voces e ignoras como acallarlas.
Decides salir a caminar, que el ruido del tránsito tape ese diálogo de sordos que hay en ti. Después será tiempo de tomar mate. Eso sí, no lo verás por algunos días… |