Pablo
Lo enterramos entre los dos cipreses del fondo. Había pasado muchas horas a la sombra de esos arbolitos, ahora, el reparo sería constante. Junto a su cuerpo, todavía tibio, colocamos la cajita de música. La Barcarola fue su marcha fúnebre y la bailarina le ofrendó sus giros, esa fue su cortejo fúnebre. Cuando se detuvo, incapaz ya de danzar, también ella se entregó al descanso que ofrecía la más oscura de las sombras.
El día en que a Marita le regalaron la caja, Pablo, ya era adulto. Su pelaje, gris claro, con blanco en el pecho, morro y patas, le daba un aspecto de nobleza, resaltado por la propia felinidad.
Esa noche, habíendo colocado la cajita sobre la cómoda, Marita la hizo funcionar antes de acostarse. Desde la cama, vimos que Pablo había entrado al dormitorio, hecho desacostumbrado en él cuando la luz estaba encendida. Nos asombró aún más su actitud posterior; al finalizar la musiquita y detenerse la bailarina, se quedó varios minutos mirando con fijeza el objeto mecánico, como no dando crédito a lo visto y escuchado. Luego, de un salto se subió a la cómoda y se echó junto a la cajita. Apagamos la luz, y en el silencio nos dormimos.
Pablo había resultado un ser insolente y remiso al contacto con los humanos. Solía esconderse horas enteras en los sitios más insólitos de la casa. Rara vez acertábamos a descubrir desde que rincón nos observaba. Pablo mantenía el control estricto de su reino. Pero todo cambió con la irrupción de la bailarina.
Desde aquella primera noche, adoptó la costumbre de dormirse al lado de la cajita. Cuando alguien levantaba el artefacto para limpiar el mueble, salía de algún escondrijo para pasearse nervioso frente a la puerta del dormitorio, como temiendo que le arrebataran el preciado bien. Lo hacía emitiendo ruiditos amenazadores y con el pelo erizado. Ni bien la cajita volvía a ocupar su lugar, Pablo trepaba y se posaba junto a ella hasta que se calmaba. Su paz se traducía en un quedo y amoroso ronroneo. Rara vez tocaba la cajita, pero cuando alguien activaba el mecanismo, ofrecía su blanco y largo bigote para que la mano de la esbelta danzante, lo estremeciera al rozarlo en cada vuelta. Supongo que era el equivalente a un beso, pues al terminarse la cuerda y cesar el movimiento, le daba dos o tres lamidas a la manito con la rosada lengua.
Hubo un período en el que pudimos ver los vanos intentos del gato por dar vuelta la manivela de la cuerda con sus patitas. Esas pruebas fallidas finalizaron la vez que, en un exceso de fuerza, tumbó la cajita. Pablo comenzó a maullar desesperadamente, mientras iba y venía solicitando nuestro auxilio para reincorporar a su amada. Creo que ahí entendió que el amor desmesurado puede resultar fatal. Nunca más repitió el intento.
Así pasaron los años, Pablo fue envejeciendo, pero su novia permaneció tan hermosa como la primera vez. Para ese entonces, todos nosotros los reconocíamos como fiel pareja.
Ya en la vejez, la artrosis dificultó la trepada a la cómoda; yo mismo alzaba el viejo cuerpo para colocarlo en el lecho nupcial. Él, agradecía el gesto con su lenguita, cerrando los ojitos ya medio ciegos por la diabetes.
Por eso los enterramos juntos, no cabía otro camino ni mejor homenaje a ese amor que concederles eterna y mutua compañía.
Ahora, estoy elaborando una extraña teoría que deberé comprobar con otros hechos e historias similares: las bailarinas de cajitas musicales, deben exhalar extrañas feromonas al girar. Ellas transpiran un amor que, sólo los príncipes como Pablo, pueden percibir. |