Saltando charcos
Estabas justo ahí, en la esquina,
siempre estuviste ahí;
líquido y fatal como el llanto
que alguien dejara brotar una noche.
Manantial de los perros, retozo
de lenguas rosadas y colas al viento;
referencia obligada en la esquina caprichosa
del barrio con techos de chapa.
Cruzarte de niño fue la proeza,
fantástica aventura la del salto
de las piernas cortas con rodillas peladas
por las caídas aviesas.
Si por ti aprendí a saltar,
me enseñaste la pirueta
que luego repetí en la vida
para escaparle a la muerte.
Siempre estuviste ahí,
en la esquina del pobrerío
y la desventura,
acuoso consuelo de mi dolor.
Pudiendo ser mar o río insignes,
elegiste permanecer eterno charco,
reflejo de un barrio humilde y reo,
la pura custodia del recuerdo
para que nunca olvide quien soy;
y si un día la suerte me sonríe,
te buscaré, charco querido de ayer,
para caer de rodillas ante ti,
y así lavarme las vergüenzas
y las vanidades. |