El límite
En el principio (pero no en el principio del principio) hay un caballo que sube por el ascensor. Sé que es de color marrón pero en cambio no sé como ha conseguido entrar ni que hará cuando el ascensor se detenga. ( De Liliana Heker, Los bordes de lo real. Alfaguara 2006)
Sin embargo, el caballo sabe que sé que está en el ascensor, subiendo. Porque el caballo marrón ha entrado en el ascensor para pensarnos mientras sube. Entonces, me sabe y te sabe. Nos inventa para saber. Nos permite saberlo.
Nos piensa tendidos sobre la hierba verde, porque los caballos siempre piensan en verde, color de hierba. Fresca y verde es la jugosa hierba en la que piensan los caballos.
En nuestra realidad estamos sobre la verde colcha que cubre tu lecho. Tú, casi incorporada, apoyando un codo en tu almohada, la mano en mi pecho. Sonríes al mirarme y tus dedos trazan senderos en mis costillas. Siento que me bifurco, agotado en el extravío del éxtasis.
Los corazones van atenuando el ritmo que había impuesto la carrera del amor, se acompasan en silencio mientras los caminos de tus dedos se vuelven a unir en mi plexo. Sólo queda un camino cuando se desciende al reposo, volver a subir.
Pero, hay un caballo marrón en mi plexo. El ascensor continúa su ascenso y el caballo nos repiensa. Caprichosa imaginación la de los caballos marrones.
Ahora estamos los tres en el ascensor; la subida se detiene. Abrimos la puerta y salimos al prado, la hierba nos recibe. Desnudos como estamos, caminamos seguidos por el caballo. Esperamos a que se detenga y, cuando lo hace, nos tendemos sobre el manto verde sintiendo el frescor de la tierra. Él, mordisquea hebras sin quitar sus ojos de nuestros cuerpos. Le damos la espalda y retomamos los lances del juego amoroso. Tus ojos vuelven a cerrarse cuando te beso el cuello. En la nuca siento el cosquilleo de tus yemas y en las piernas el peso de tu muslo. La piel reconoce la piel abriendo sus poros, los alientos se hacen uno.
El caballo ensaya un breve relincho que nos fuerza a mirarlo. Alguien se ha sumado a la escena; un león de porte majestuoso nos observa a lo lejos, las fauces abiertas y los ojos amarillos destellando en la suave penumbra de la noche naciente.
El caballo golpea el suelo con sus cascos, permanecemos quietos con las bocas dibujando el beso que se quedó esperando.
El caballo se dirige lentamente hacia el matorral donde está el león. A prudente distancia de la fiera, dibuja en la tierra una línea con sus cascos. Cuando se retira, el león se echa sobre la hierba aceptando el límite. No hay lugar para violencias en el pensamiento del caballo, aunque a veces se distraiga pensando leones.
La paz se evidencia en el beso concretado, tus pupilas alumbran la noche mientras los cuerpos tibios se acercan sedientos; cuando la luna se oculta tras nubes para no interrumpir, el caballo se retira en busca de un arroyo que lo llama con su rumor de agua fresca. Nos amaremos de nuevo. Un león solitario contemplará el desenfreno a la distancia y sentirá como la hierba le cosquillea el vientre y los ijares.
Y cuando el león vea tu sonrisa mansa, comprenderá que no hay más límite para nuestro amor que el de la imaginación de un caballo pastando en un prado verde. Sabrá que el principio del principio es la imaginación. |