Por cachuza y puntera
Claro, si los pibes de hoy no saben que es una puntera. Por eso, cuando le pregunté al Carlitos, el hijo de mi mecánico, si tenía una puntera, miró al padre como diciendo ¿qué dice este viejo boludo? ¡Y el padre tampoco sabía que era! Que querés que te diga, me arrugó el alma tanta ignorancia. Y cuando el alma se arruga cuesta un huevo plancharla, si lo sabré, la puta que cuesta.
Y te digo más, tampoco conocen lo que es ensuciarse las rodillas con tierra. Primero porque les encajan los largos desde que son bebés, y no se los sacan más. Después los padres se quejan porque los hijos les piden de todo, ja, si ellos tienen la culpa. ¡Que no se hagan los giles! Yo usé pantalón cortito hasta los doce. Pero mejor sigo.
Segundo, no hay tierra, todo es asfalto, cemento, baldosas. Taparon toda la tierra. Enterraron la tierra en nombre del progreso. ¡Que bárbaros!
Con lo lindo que era poner las rodillas sobre la tierrita que rodeaba los arboles de la cuadra. Cada árbol tenía como dos metros de tierra, no como ahora que les dejan unos centímetros como para que la lluvia les salpique las raíces y que les garúe finito.
¿Me entendés cachuzita? Sin tierra no podés hacer hoyos. Sin tierra te robaron la mitad de tu destino. Podés hacer carambola. Si, pero antes de la carambola hay que hacer hoyo. Son las reglas del juego. Y si no hay juego, entonces ¿para que vivir?
Es así nomás viejita, secuestraron la inocencia y prohibieron la aventura imaginaria. Todo lo que no tenga un microchip no existe. Serás virtual o no serás nada. Y vos eras tan real, tanto, que parecías fantasía. Si ni siquiera eras bien redonda; el molde en el que te parieron era defectuoso, y saliste un tanto achatada. Como el mundo en que vivimos, chatito en los polos el pobrecito. Chato porque nadie sabe que es una puntera. Que los parió.
¿Te acordás como nos encontramos? El Calita, tu ex dueño, te puso en juego, te despreció y entonces te gané. No te quería porque decía que eras fea. Vaya, si eras la más linda de las bolitas feas. Decía que parecías una vieja arrugada. Te amé con sólo verte. Y vos también me quisiste cuando viste como te miraba. Por eso te dejaste ganar, para irte conmigo. Yo era medio chitrulo con las bolitas, era bueno con la pelota y el balero, pero con los dedos siempre fui matungo.
Aprendí a tomarte entre el pulgar y el índice, como eras medio porosa, lo que te quitaba brillo, te adherías bien a la piel. ¡Por eso fuiste mi puntera!
Juntos hicimos estragos en el cole y el barrio; cuando el barrio, para los pibes, era tu cuadra. Te cuento que conocí un barrio que era de una cuadra y una vereda, la de enfrente era otro barrio. Y se despreciaban, frente a frente. Es que esos minifundios sólo se encontraban por tres cuestiones: los picados a muerte, los juegos de agua de carnaval y las fogatas de San Pedro y San Juan. El resto del año se ignoraban olímpicamente, hasta que los pibes crecían. Entonces, el tema minitas borraba las fronteras de la infancia. Pero prefiero seguir recordando nuestros amores.
Yo tenía una cajita de madera, esa que decía Lux de luxe ¿te acordás? Creo que había sido de jabones de mi vieja. En ella ponía toda las bolitas que ganábamos, como esa vez que lo pelamos a Horacio, el cordobés. Se puso rojo de la bronca, pero no me dijo nada. Al otro día me cagó a patadas en el partido, yo me levantaba y le decía –a llorar a la iglesia, negro de mierda, las bolitas fueron derecho a la cajita. Pobre pibe, lo esperé todo el partido. Hasta que se entretuvo llevando la pulpo con la zurda (era hábil el negrito) sin advertir que lo iba a cruzar con tutti. Lo levanté en el aire y cayó como un fardo, me acuerdo que hizo plop contra el suelo. No jodió más. Era malo y jodido como él. Pero cuando fuimos muchachos, en un partido, ya en una cancha de veras, salté a cabecear un centro y en el aire me acomodó un piñon en la pera que me durmió. Altro que nocaut, eso fue muerte súbita, me contaron cien mil antes de despertar. ¡Hijo de puta! Taimado como era, el cordobés había esperado cinco años para desquitarse. ¡Que vago divino el cordobés!
Pero no te miento, te lo juro por esta, esa piña me dolió menos que el cachetazo que me propinó Chiara, la tanita. Acordate de ella, la que tenía de todo, proa y popa de primera. Era dos años mayor y un día pasa frente a casa, con ese traste que parecía un motor fuera de borda y se sacudía como un flan al caminar. Verla y tentarme fue una sola cosa, le toqué el culo. ¿Para qué? Se dio media vuelta y me cruzó la jeta de un bife. ¡que calor! sonó como un tiro. Después siguió caminando como si nada, y el artefacto se le movía más que nunca. Culo burlón y vengativo supo ser el de Chiara. Ojalá que te hayas caído de puro gordo, tuuuuurroooooo.
No te calentés cachuzita, vos ya no estabas conmigo y yo era púber, por no decir otra cosa…no te rías, no seas cochina che. Porque me vas a hacer hablar del sexo de las bolitas.
Sobre todo, no me reclames porque te perdí, lo reconozco. Antes de cumplir los once te perdí. Ya sé que fue mi culpa, pero no me dí cuenta de que el bolsillo del pantaloncito estaba agujereado. Claro, tanto cargar bolitas, se cagó la entretela.
Además te digo, habrás caído sobre tierra o en un charquito, porque no te escuché cuando caíste. ¿Podrías haber chiflado, no? Pero, la vida es así, nada es para siempre y te perdí. Y me perdí yo también. De tanto llorarte tuve que crecer. Pero nunca te olvidé. Por eso te estoy hablando como si te tuviera ahora en la mano, lista para disparar con mi dedo el virulazo mortal, el que todo lo quema.
Es que anoche te soñé, estabas rodando solita en un cacho de tierra, te miraba con las rodillas y manos bien sucias. Pero no te podía tocar, te metías por las tuyas en el hoyo y me mirabas burlona desde ahí. Más cachuza y puntera que nunca. Como una mina casquivana que pasa del brazo de otro y te juna con desprecio.
Por eso le pregunté al Carlitos si tenía puntera, por ahí resultaba que eras vos. |