Ladrón de espuma
Su Excelencia, señor fiscal y miembros del jurado, ante ustedes declaro sin ánimo absolutorio. No deseo ser condenado sin que hayan oído mi relato.
¿Nunca han ustedes jugado con las pruebas de mi delito? ¿No han tenido infancia, acaso? Pues yo sí, confieso que lo he hecho. Sigo haciéndolo, es menester.
Tengo tarros, depósitos, tanques y cisterna. Todos llenos de espumas diversas, clasificadas por origen con todo rigor y escrupulosidad.
¡Multimillonario en espuma! eso quise ser desde niño, y lo conseguí.
Suenan a espuma mis palabras, palabras torpes pero aéreas. Veo la vida en pompas y son de espuma mi luna y las estrellas.
He tomado la espuma de las bocas que besé. Fecundé con mi espuma aquella espuma amada.
Colecciono espumas geniales, Mozart y Machado, De Caro y Neruda. Me deleitan los baños con esa materia inapelable.
Conozco mundos espumantes, con ríos de champaña y montañas cubiertas por nubes esponjosas.
Me trepo a las burbujas para echar vuelo. Suspendido entre gotas de jabones de pino, observo la pobre gente que se arrastra allá abajo. Donde habitan los avaros y envidiosos no hay espuma; es el reino estéril de lo seco.
En cada burbuja late la vida, el imaginario de locos y poetas. No hay marginación en esas esferas. La nada contiene al todo y el todo es espuma de nada.
Pero esa noche, la ví pasar tan bella y etérea, que se pincharon todas mis pompas;
tanto celo despertó esa imagen alada.
Quise regalarle un ramillete de espuma, pero me había que dado desburbujado.
Entonces fue que robé ¡sí, robé la espuma de la cascada de la fuente!
Y aquí estoy, ante ustedes. Espero su condena sin temor, pues no hay nada más espumoso que el amor. Tengo el de ella, y no hay prisión que nos cercene el vuelo. |