Despojos
Habías salido de la villa, allá en Tapiales. Como de costumbre, empujando el carrito. Sintiendo que, en verdad, el carrito es quien te empujaba. Manos soldadas a la barra de dirección, tu vida soldada a las ruedas gastadas por las afrentas.
Los dos tomaron el tren de los marginados. Se apearon en un andén mugroso. Más que andén, parecía el brete por donde pasan los animales destinados al sacrificio en el matadero.
Comenzaste a caminar por la ruta que te marcó el instinto. Esas calles inhóspitas que te miraron pasar como a un despojo buscando otros despojos. Es cierto, hace rato que eres un despojado; sólo tienes al carrito. Y él te tiene a ti. Lo armaste con los restos que fuiste encontrando. O él te armó con los huesos y la carne que nadie quiso para sí.
Te detuviste en las esquinas donde hay contenedores de basura. Los abriste, revolviste las bolsas con tus manos. Separaste esos despojos que alimentarían al carrito.
Intentaste que nada cayera al suelo, pero ocurrió. Entonces la calle volvió más torva su mirada. Cargó en tu carrito todas las culpas. La calle fue inocente gracias a las culpas que descargó en ti
Seguiste juntando cartones y latas, tan sucios como sucias estaban esas manos de uñas tan negras como la suerte que te tocó en desgracia.
Tú y el carrito tenían hambre. La calle se ríe del hambre de los otros. La calle, tan compuesta e hipócrita, como debe ser. Tanta barbarie cometida por ser como se debe.
Llegaste a una esquina cualquiera. Tú y el carrito se detuvieron. Abriste el contenedor y retornó la rutina de tus manos. Revolver, siempre revolver en busca del sustento.
Algo te golpeó fuerte en la espalda; la calle te ha arrojado un zapato. Miraste hacia atrás, bien arriba. Buscaste en los balcones de ese edificio. No viste a nadie. La calle se hizo anónima en su desprecio.
Miraste el zapato, te lo probaste. No parecía un despojo, más bien era un insulto a tus alpargatas destrozadas. Pero te iba. Lástima que la calle fuera tan maliciosa y avara. No te serviría de nada un solo zapato.
Continuaste buscando en la basura, cuando una voz de niño te llamó. Ahí estaba él, rubio y bien vestido. Teniendo otro zapato en su manito. Te pidió que lo aceptaras, que perdonaras a su padre. Que tenía muchos problemas y estaba enojado. Todo eso te dijo su vocecita tierna. Tomaste el zapato, viste que era el par del arrojado. No pudiste creer tanta suerte. Con timidez, le ofreciste tu sucia mano al pequeño, la aceptó y con una sonrisa ofrendó la suya. Que blanca y limpia era la mano del niño. Cuanta calidez en esa piel inocente. El atardecer se tornó tibio, un sol moribundo te dedicó sus rayos postreros.
Esta noche, ya en la villa de Tapiales, sentirás muy dentro tuyo los zapatos nuevos, y la manito, esa palma inocente. La maldita calle, también tiene sorpresas para los despojados. Aunque sigan siendo despojos. |