Vamos Efraín, no te quedes arrinconado en la pena, no sirve como excusa. No puedes creer que el mundo se ha reducido a tan poco, por grande que te parezca, por profundas que sean las heridas, hay mucho por hacer todavía.
Acércate a la ventana de tu cuarto, levanta tu osamenta de ese colchón tirado en esa cama que apenas te contiene, deja las penas en el rincón de los pesares y abre bien los ojos.
Ahora mismo puedes ver esos dos pibes en la esquina, esperando la luz roja para saltar a la calzada y correr a las ventanillas de los autos, esperando recibir esa moneda que los salve de la paliza cotidiana o el hambre consuetudinario. Esos son hijos de la calle; los abandonaste Efraín…
¿Acaso de nada vale esa pena que permites que tu dolor íntimo te deje ciego ante la realidad de los otros? No te quedes en el egoísmo de observar tu propio ombligo. Siempre denostaste esa actitud en los demás cuando ellos se reían de tu esfuerzo por aliviar algún mal de los que nada tienen. ¿Otros tiempos? No Efraín, los tiempos no han cambiado. Tú has cambiado, has olvidado quien eres.
Pero yo no te he olvidado, viejo amigo. Mira, hasta he vuelto a escribir después de tanto silencio entre ambos. ¡Lo hice para llamarte, sacudirte!
Mis palabras te podrán sonar declamativas, ociosas. No importa. Te voy a propinar todos los golpes bajos que sean precisos. No tolero que te eches a esperar esa muerte que tanto te esquiva. No tiene sentido, no es justo. Bien sabes que para ti, no hay lágrimas más legítimas que las que nacen del dolor ajeno. Entonces no llores porque el amor te dejó; diste y te dieron, pero no alcanzó. Ya no tiene remedio.
Vamos carcamán, sacude los huesos y toma el teléfono. Comunícate con los viejos compañeros. Ellos siguen en la lucha, visitando villas y tendiendo su mano. Muéstrales que tus viejas manos todavía sirven. ¿Sabes cuantas Adelitas esperan tu visita? ¡Apúrate que el hambre no espera!
¡Hay tanto por hacer…! |