Está sentado frente al teclado, repasando mandatos antes de escribir lo que siente.
Oraciones cortas, evitar cacofonías y repeticiones. Ser cuidadoso con gerundios y adverbios. Todo el arsenal de premisas a respetar cuando siente que la hora natural de la creación ha llamado a su conciencia.
Por eso detiene los dedos ansiosos de oprimir las teclas. Intenta ordenar sus ideas. Primero el final. No puede comenzar si no conoce como terminar. Sería caminar en círculos infinitos, o afrontar laberintos sin salida. Entonces, primero el final. Ahora lo tiene, lo palpita. Eso lo estimula y alienta. Le amengua la ira.
Efraín se había sentado a escribir movido por la ira. Ahora el final pensado se le antoja con esperanza. Sus dedos comienzan a golpear los negros cuadrados. Las yemas se posan amorosas sobre las letras. Ese coito fecundo engendrará palabras. Esas palabras se reinventan como hijas pródigas de su imaginación, cuando en realidad surgen de la memoria que más venera. La memoria de su pueblo. Porque aunque el final diga –Volveré con ellos, escucharé sus voces y serán mi canción- en realidad querrá decir –Volveré junto a mi pueblo para ser parte de su memoria.
Efraín comienza el relato: cuenta que volvió a visitar una villa, allá, cerca de Ezeiza y a orillas del Matanzas, uno de los ríos de la vergüenza. Llevó con él sus frascos para muestras y el equipamiento para mediciones “in situ”. Ese es el propósito de su visita al asentamiento. Determinar la salubridad del agua que consumen esos casi mil quinientos pobladores. El líquido vital o la fuente de las enfermedades. Según como resulten los análisis.
No fue solo. Integra un grupo organizado de voluntades que quiere hallar remedio a tanto desamparo como sufre esa gente. Nuestro pueblo. O los marginados de siempre que pertenecen a nuestro pueblo.
Al llegar, el mismo paisaje de siempre. Casillas, buena parte de ellas de chapa y cartón. Otras de material cubiertas de revoques descascarados. Montones de pibes que miran desconfiados a esos extraños que les sonríen mientras explican a que fueron. El olor ofensivo del río cubre la escena ese sábado gris y lluvioso en el lejano oeste. No hay sauces que lloren la muerte en ese espejo de agua contaminada que seguirá corriendo en la llanura allende el Plata.
Efraín sigue contando: después de reconocer el lugar se dedica a muestrear en los cuatro pozos de los cuales toman agua los villeros. Luego va recorriendo el precario tendido de caños y descubre que hay tramos donde estas arterias están descubiertas. Ve la corrosión y las pérdidas inevitables. Finaliza su recorrida ingresando en algunas viviendas en las que también toma muestras. Ya sabe que los resultados de los ensayos van a ser desastrosos. Puede imaginarse las bacterias alojadas en esos cuerpitos grises que lo rodean. Allí se despierta su ira.
Quisiera creer que no es más que una pesadilla aviesa lo que está viendo, pero…
Tres horas después la comitiva se despide de los villeros luego de haberles entregado medicamentos y ropa de abrigo e instruirlos con nociones elementales de sanitarismo. Prometen volver en dos semanas, cuando tengan un diágnóstico claro de la gravedad del impacto y puedan impulsar acciones concretas de mejora.
Se retiran con tristeza y bronca. Desearían comenzar ya mismo con las obras, demasiado tiempo se ha perdido y saben que el tiempo significa vidas.
Efraín decide dar fin al texto, piensa que nada gana con enojarse, que debe continuar asistiendo a esos olvidados inocentes. Hace años que viene haciendo estas visitas y siempre ocurre lo mismo. Primero la ira y el asombro por lo visto. Luego la angustia provocada por la lentitud del proceso reparador y los inconvenientes a salvar, las trabas burocráticas a eludir. Pero luego la esperanza, en algún momento se podrá actuar. Por eso es que finaliza con:
- Volveré con ellos, escucharé sus voces y serán mi canción.
Ahora se permite un cigarrillo, ayer fue el Día del Padre y tiene nuevos libros para leer. Como El Flaco, el de Feimann. ¡Pucha, ese sí que sabe escribir la memoria del pueblo!
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