La anciana se había puesto de rodillas en el suelo, llorando frente a la cómoda. No podía explicarse lo sucedido. La noche anterior, al volver de la cena en la que sus hijos y nietos le habían festejado sus noventa años, había dejado su collar sobre el mueble. De cansada, no lo había podido guardar en su lugar. Al despertar no lo encontró.
El collar de perlas legítimas había sido de su abuela. Fue el legado de su madre.
No era asunto de ladrones. Puerta y ventanas estaban bien cerradas. Cansada de buscarlo se había hincado a llorar. Dos siglos evaporados con las perlas.
Enfermó de tristeza. Semanas después falleció. Fue la tristeza, dijeron.
La casa quedó vacía esperando su venta. Sin llantos. Sin ratas. |