El ambiente cálido de la oficina invitaba a la conversación. La fragancia de los cafés acentuaba la sensación de intimidad. Sobre el escritorio del gerente de Recursos Humanos, el portarretrato de cuero con la foto de sus hijos estaba ubicado de manera tal que podía ser vista tanto por él mismo como por su casual interlocutor. Un gesto de amabilidad y confianza.
El gerente estaba sentado contra la pared, su visitante frente a él. Sillas de cuero, reclinables. La pizarra magnética, colocada en una pared lateral, mostraba un nutrido cronograma de entrevistas. El visitante podía ver los datos de la suya y su nombre correctamente escrito. En mayúsculas. Lo hacía importante.
El otro lateral estaba cubierto con ocho estantes de dos metros. Libros por doquier.
Casi no se veían papeles sueltos en el despacho. Sólo una pilita en una esquina del escritorio, atrás de la notebook. Si había cajones estaban bien ocultos.
Detrás del gerente la pared lucía una reproducción en blanco y negro de “Las Manos” de Rodin. Enmarcada en varilla negra y de considerable tamaño. Sugestiva. Eso era todo.
El anfitrión tomó la palabra:
— Bien Carlos, debo hacerle algunas preguntas. Conteste con total libertad. Incluso puede negarse a responder. ¿Prefiere el café menos caliente?
— No, está bien así. Gracias.
— Conozco sus antecedentes de formación y laborales. No hablaremos mucho sobre esos temas. Mejor, cuénteme algo sobre su núcleo familiar. Todo lo que me diga queda entre nosotros. Confidencialidad absoluta. ¿Cómo son?
— Normales. Si, normales. Papá y mamá llevan treinta y ocho años juntos. Casados por civil e iglesia. Tengo tres hermanos mayores. Dos varones y Celia. Soy el menor.
— ¿Viven juntos?
— Mis hermanos no. Hace años que se independizaron. La primera fue Celia. Yo vivo con mis padres la mayor parte del año.
— Ajá. Y cuando no está con sus padres ¿adonde vive?
— Me gusta dormir en las plazas. Respirar aire puro, fresco. Observar la luna.
— ¡Muy interesante! Permitámonos una digresión. ¿Se definiría como un espíritu libre?
— Prefiero que me defina usted. No pienso mucho en mí.
— Bien, aprecio su franqueza. ¿Se siente cómodo con la charla?
— ¿Qué significa cómodo? La silla es confortable.
— Carlos ¿cómo se llevan entre ustedes?
— ¡Bien! Discutimos muy poco. En realidad yo no les discuto nada. Son mayores y saben lo que hacen. En especial los viernes.
— ¿Qué ocurre los viernes Carlos?
— Son los días en que papá le puede pegar a mamá. Es un acuerdo al que llegaron hace veinte años. Creo que veinte…no lo recuerdo bien.
— ¿Cómo llegaron a ese…acuerdo?
— Antes, papá le pegaba más seguido. Cómo mamá un día se enfermó, firmaron el acuerdo. Todos contentos.
— Estoy impresionado. ¡Que civilizados! Por favor Carlos ¿podría explicar porqué su padre se comporta así?
— Es muy simple. Necesita afirmar su rol. La autoridad ¿vió?
— Entiendo. ¿A usted lo castigaban de niño? Digo, físicamente…
— ¡Claro! Y de no tan niño también. Pero hace tres años que no lo hacen. Determinaron que no lo preciso. Yo pienso que ya no me quieren tanto.
— Ajá. Dígame ¿le pegaban mucho?
— Nooo, lo necesario nomás.
— Perdón Carlos, pero ¿qué es lo necesario?
— Está muy claro señor. Me recibí de abogado y no soy gay. Lo necesario.
— Contundente. ¿Otro cafecito Carlos?
— Si, gracias. ¿Podría ser con un cognac?
— No se estila en circunstancias como ésta. ¿Desea otra cosita…?
— No. El café es suficiente. Perdone el atrevimiento.
— Está muy bien. Es una muestra de carácter de su parte. Prosigamos, dígame Carlitos. ¿Puedo decirle Carlitos? Es que me simpatiza mucho…
— No hay problemas. Usted también me cae bien.
— Ahora sí. Dígame Charlie ¿usted es alcohólico?
— Supongo que no. Me modero al tomar. Cuando me dicen que estoy borracho sólo tomo una copita más. O dos…pero ahí paro.
— ¡Buen control el suyo! ¿Qué me puede decir de sus hermanos varones?
— Alcohólicos. Hace mucho que no los veo ni sé de ellos. El mayor está preso: tenencia y distribución de anfetaminas.
— De nuevo ha sido claro y contundente. Tenemos varias cosas en común. ¿Lo sabía?
— Cada vez me siento más a gusto. Estimo que me valora y aprecia.
— ¿Qué me dice de Celia?
— Es un encanto; bailarina exótica y desarrolla un emprendimiento de citas sadomasoquistas. Nos ayuda económicamente todos los meses.
— ¡Ejemplar Celia! Me encanta ver como responde a los mandatos adquiridos. Usted es soltero aún. ¿Piensa pegarle a su mujer cuando la tenga?
— En realidad lo ignoro. Uno nunca sabe.
— ¿Cómo es tu vida sexual, Charlie?
— Muy buena. ¡Hay cada video en Internet! Y al terminar, dejo todo limpito y me baño.
— ¡Contundente y estimulante! ¡Bien hecho, carajo! Ahora ¿qué ideología tienes?
— Anarco-sindicalista. Reivindico el derecho de huelga. Por eso me despidieron del sindicato en el que trabajaba. ¿Usted debe conocer bien a esos burócratas, no?
— Así es. Para finalizar, mi buen Charlie. ¿Porqué desea usted trabajar en la empresa?
— La verdad, no lo sé bien. Tienen un hermoso parque, con bancos de madera.
Eso me atrae. Preciso ganar un buen sueldo. Pero eso no es tan importante. Siempre está Celia para respaldarme. Pero creo que un puesto aquí me daría prestigio. Además tienen Internet, me tienta esa posibilidad. No sé, son tantas cosas. Hasta podría conseguir novia. ¿Sabe? Su secretaria es muy agradable…
Bueno Charlie, te puedes considerar empleado en nuestro departamento. Realizarás una función innovadora. Tu gran adaptabilidad permite augurar un buen desempeño en un puesto tan delicado. Trabajarás con directores y gerentes, mano a mano. Las condiciones contractuales las verás con el contador. Tendrás que cumplir con los estudios psicofísicos. No te preocupes, la psicóloga es mi amante. En cuanto a mi hija, la secretaria, me encantaría tenerte de yerno. ¿Estás conforme? Dame un abrazo.
— Muy conforme, doctor. ¡Muchas gracias! Ahora quisiera ser el que pregunte algo. ¿Puedo…?
— ¡Cómo no! Adelante muchacho
— Señor ¿cómo se llama ese nuevo puesto?¿cuándo podré tomarme mi primer licencia?
— Serás el Objetor de Conciencia senior. Por la licencia, hummm. Mejor esperemos a tu compromiso con la nena. Cuando salgas cerrá bien la puerta.
Una vez retirado Carlos, el gerente sacó una botella, se tendió sobre la alfombra, estiró sus piernas tan largas como eran y, se sirvió una copa. En minutos se durmió. La cabeza vuelta hacia “Las manos”. La copa de cognac entre sus dedos. La beatitud inundando su rostro. Relajadísimo. |