Una tarde, algunos despreocupados vecinos de la Colonia sentados ante las mesas del café, habían susurrado entre ellos al ver en el pueblo la legendaria estanciera de doña Teresa.
Es que se habían contado mil historias sobre la casa de los Zuviría, y las escasas apariciones en el pueblo de la única habitante y heredera de la finca, las volvían al tapete. Tal vez fuese porque en Colonia Pirqué, donde eran pocos los sucedidos, no había mucho para contar. O porque muchos habían supuesto que, hechos trascendentes habían ocurrido en esa casa de estilo colonial, ubicada a tres leguas del poblado, allá por el treinta y pico.
Nadie entendía las razones por las cuales, la solitaria dama se había negado por décadas a vender casa y tierras. Si plata no era lo que le faltaba. Y mantener y limpiar la amplia mansión, le debía insumir no poco esfuerzo a la porfiada dama. Ofertas había tenido, muchas, y de las buenas, pero…
Tras lo ocurrido en el 35, cuando Marianito, el hermano menor, había partido a España para alistarse en las milicias republicanas, según informara la misma Teresita, fue cuando, en esos días, comenzó la construcción de una habitación contigua al granero. Ella había dicho que era para guardar herramientas.
Meses después, al verla vestido de luto, todos sospecharon que el infortunado joven había muerto. Sin embargo, la señora declinó todo comentario. En ese momento, todos alabaron el estoicismo y recato de los Zuviría. Y recordaban el apotegma de don Pedro Zuviría, el ya extinto patriarca familiar
- Que nadie conozca tus penas y flaquezas, o serás esclavo de tu lengua- solía decir.
Poco después, nacieron las primeras versiones que, de manera antojadiza, mencionaban que algo extraño había sucedido en la vieja casa.
Los albañiles aportaron lo suyo a la comidilla pueblerina, al referir que, las paredes de la nueva construcción, habían sido levantadas con espesores fuera de lo habitual para la época.
–Demasiado anchas- habían dicho. Sitio raro para herramientas concluyeron con picardía los hombres. Tampoco había ventanas, acotaron.
Los criticones, argumentaron que, la nueva estructura, por su aséptica apariencia, chocaba con el estilo de la casona, un signo de difícil interpretación.
Se fueron sumando chismes y comentarios, como los de unos muchachos que, habiendo acampado en un terreno lindero, dijeron haber visto, en una noche sin luna, a doña Teresa salir de su casa con una bandeja tapada en las manos, para luego entrar a la misteriosa construcción y permanecer en ella.
Al principio, estos dichos soliviantaron a los vecinos, pero la opinión del comisario, restando crédito a unos muchachos que, seguramente borrachos, y sin más luz que las estrellas, habían imaginado ver lo que no vieron, logró que todos olvidaran el incidente.
Otro detalle, rigurosamente verídico, que exacerbó el chismerío de las vecinas, fue el tema médico. La Zuviría nunca consultaba al doctor Arzoaga, el galeno del lugar. Sabían que, mes por medio, llegaban a su casa un médico y una enfermera de la Capital, pero nunca lograron que los visitantes, a pesar de hacer noche en la Colonia, contaran el motivo de consulta que los había llevado a ver a Teresita. Lo único que habían podido averiguar en el pueblo, era que los profesionales llevaban siempre un paquete, y sospechaban que el mismo contenía medicamentos, traídos especialmente desde la urbe.
El mismo Arzoaga, con obstinación y por años, se había considerado ofendido por la señora por haber prescindido de sus servicios.
Volviendo al inicio, el caso es que, la tarde de marras, la dama detuvo la estanciera frente a la ferretería, de donde, los habitués del café, la vieron salir poco después, cargando pico y pala.
Esa fue una de las últimas visitas de Teresa al pueblo, poco después, los vecinos se enteraron que la habían trasladado de urgencia a Río Negro, gravemente enferma. Tampoco se supo cual había sido la dolencia.
Con la noticia de su fallecimiento, el periódico local publicó una nota de agradecimiento a la extinta, mencionando que había legado toda la propiedad a la provincia.
Dos años después, tampoco nadie entendió porque el gobierno provincial había elegido ese lugar, un tanto apartado, para construir un hospital de infecciosos. Y menos entendieron la grotesca escultura, emplazada donde antes estuviera el cuarto cerrado, representando a un leproso que, postrado de rodillas, une sus manos casi sin dedos en gesto de súplica, el rostro desfigurado alzado al cielo. |