Esa noche del 51, el último domingo de carnaval se escurría entre los dedos de los escasos parroquianos del viejo café del barrio. Una luna lironda tejía encajes, serpentinas de plata en el empedrado de la calle. El paso de un tranvía con su traquetear, parecía anunciar el fin de la función carnavalera. El vaho del boliche, cigarrillo y sudores etílicos, calentaba aún más el ambiente, sacando gotitas de la frente del mozo acodado en el estaño. De pronto, se escuchó un pedido:
− ¡Pedrito! Servime otra ginebrita, por favor- Era Don Oscar quien, con su gentileza habitual, había solicitado.
− Cómo no señor. Ya se la sirvo; aunque… ¿no le parece que tres ginebras es mucho…aunque sea Carnaval?
− Dale Pedrito, no me vengas con consejos a mi edad; en un ratito ya es lunes. ¿Sabés lo que significa lunes? ¡El yugo, la lucha! Transpirar la camiseta de la mañana a la noche. Y así hasta el mediodía del sábado. ¡Dejame, hoy soy un maharajá lleno de rupias! Mañana soy un coso cualquiera que vende camisas y calzoncillos a otros cosos que ahorran meses para poder comprarlos. Hoy me la creo…quevachaché pibe. ¡Dejame!
− Sírvase, Don Oscar. Y la yapita, para un señor con todas las letras− dijo el mozo, sonriendo con simpatía.
− Sentate conmigo Pedrito, tomate algo, te invito.
− No don, gracias, pero el trompa se va a cabrear− sonó asustado Pedrito
− Qué se va a cabrear. Escuchá pibe ¡Jesús, atenti al piati, Pedrito es mi invitado! ¿Viste que sonrió? Si lo tendré bien manyado a ese gallego ambicioso. Mientras yo gaste… ¡arriba que son de cobre!
− Bueno, si usted lo dice, así será. ¿Cómo le anda el negocio de ropa?
− Bárbaro ché, mejor que nunca. Desde que subió el que te jedi, todo marcha viento en popa. Ahora los pobres tienen trabajo y alguna moneda para juntar. Vendo más sin bajar calidad. ¿Sabés que me contaron? Que tengo que empezar a vender a crédito para subir las ventas. En cuotas, como un banco. La verdad es que me cuesta animarme, viste. ¡Cómo avanza la ciencia, pibe! En fin, hay que aprovechar la bolada. Mientras dure. No vayas a creer que me hice peronacho. Nooo. Pero le tengo cierta simpatía; no sé, viste, tiene un nosequé…y ella ¡qué mina, qué temperamento! Suerte que no nací oligarca, ja, si nací en un convoy de Barracas. Largo y sucio como Rivadavia era el yotivenco. Dos baños para ochenta almas. Tanos, turcos, chorros y putas. Flor de cuna la mía para ser oligarca. Que va. Ojito pibe, la mayoría eran laburantes…como mis viejos. En fin, es la vida rantifusa que me tocó. No lo digo pa´ quejarme, eh.
− Pero después le fue bien Don Oscar ¿no? − dijo Pedrito mientras sorbía el cafecito que había aceptado tomar para no contrariar a su invitador amigo.
− Gracias a los viejos, pibe. A las piñas, pero hice sexto grado. Después galgueé hasta que pude poner un puesto en una feria. Me casé y después vino el negocio de ropa. Justo con el primer hijo. El pan bajo el brazo ¿Viste? El viejo siempre me dijo: nunca tengas patrón; y si te toca ser patrón y no sos bueno y generoso con tus empleados… ¡te mato! Ja, ahora tengo empleados, dos; uno es un vago de vocación, pero buen muchacho. Tiene familia y alquila. Me da pena, pobre. Pero lo exijo eh ¡y cómo! De las ocho horas al menos cuatro de trabajo real.
Queda hecho de goma el atorrante, pobrecito. Pero no hablemos más de mí ¿vos como andás, tenés planes?
−Yyyy, sí, vió…soy joven, pero quisiera casarme…con la Maruca. Ella vive en Saladillo. Soy de esos pagos y aquí vivo en una pensión del Once. Hace seis años que noviamos, pero no quiero casarme y traerla a una pensión. Por eso estoy pagando un terrenito en Turdera. El mes que viene empiezo con el cimiento− Pedrito dijo eso y trajo otros dos cafés a la mesa. Ahora invitaba él.
− ¡Que bien pibe! Así se hace. Todo un hombre habías resultado. ¿Y cómo pagás el terrenito?
− Con las propinas, incluídas las suyas. Con eso cubro casi toda la mensualidad.
− ¡Puta digo! Quién hubiera pensado…Son moneditas y sin embargo…Fijate vos, hay cosas que hacemos por costumbre, sin pensarlas y…− Quedó mudo y pensativo Don Oscar. Mirando hacia fuera por la ventana, como si estuviera pasando una murga carnavalesca desfilando para él y nadie más.
− ¿Planes? Yo no tengo planes. ¿Para qué? Si la cojonuda de mi mujer los tiene por mí ¡coño! − Era Jesús quien hablaba ahora. Se había hecho el otario limpiando el mostrador, pero escuchaba hasta el vuelo de las moscas. Y la siguió:
− Se le ha puesto en la cabeza que el año que viene quiere comprar un aparato que fabrican los yonis. Una radio donde se escucha y se puede ver al que habla. Telenosecuanto se llama. ¡Esos yonis pactan con Satanás, carajo! Y con el calor que hace aquí; seguro que se derrite ese invento de los infiernos.
− Viste gallego, pero con esos tipos no se puede. O les comprás toda la basura que hacen o te declaran la guerra. Dicen que eso es el libre mercado− y Don Oscar volvió a mirar el desfile por la ventana. Después dijo:
− La puta, me estoy meando encima− y fue corriendo al baño. Volvió junto a Pedrito, que lo esperaba tratando de adivinar qué miraba su amigo por la ventana, y retomó la conversación hasta que ésta languideció.
Una ginebra más y minutos después de que hubiera pasado el último tranvía, Jesús comenzó a apagar las luces del frente del boliche, y por si los demás no se hubieran percatado, anunció con bizarría galaica:
− Ahuequen. Se acaba la joda seores. Pueden ir pagando que ya cerramos. Y tú, Pedrito, no te hagas más el tonto, enrolla la lengua y agarra escoba y pala. ¡Ale!
Don Oscar se incorporó a regañadientes; cuando se acercaba al mostrador donde el gallego esperaba bostezando, una mano temblorosa tiró de su saco. Era Kelito, un asiduo y tierno borrachín que no lograba ponerse de pié por más que trataba de hacerlo. Casi implorando, el mamado le dijo:
− Don Oscarcito, se lo juro. No tengo un cobre, no vendí ni una media esta semana− mientras le mostraba su valijita llena de medias de mujer.
− Tá bien Kelito. No te calentés. Pago las cuentas y te llevo a tu casa, vamos a dormir la mona− tras la ventana, los murgueros se sacaban el sombrero para saludar a Oscar, el mosquetero del rey.
Cuando llevando al curda del brazo, Don Oscar llegó a la puerta del boliche, se dio vuelta para saludar:
− ¡A domani la barra trasnochada! Y tengan cuidado con la máquina, en cualquier momento llega y…
¿Qué máquina llega? ¿La telenosequé? − preguntó Jesús a los gritos
− No Jesucito. La máquina de pisar boludos y amarretes. Jajajaja− y se perdió con Kelito, buscando la murga en esa noche de luna. Atrás había quedado la Revancha de Lugo y su perfume a vino de a cincuenta centavos el vaso. |