Tenía la mirada puesta en el camino cuando la vio llegar. Quinientos metros de tierra alisada con aplanadora que comunicaban la ruta provincial con la entrada al parque nacional. Sacó los brazos de la tranquera donde estaba acodado y fue corriendo la tranca de la gran puerta de madera hasta que ésta se abrió por su propio peso. Ella había seguido sus instrucciones al pie de la letra. Bajar del micro en el apeadero, caminar por la ruta doscientos metros hacia atrás hasta encontrar la flecha que indicaba la dirección de la entrada.
Ella se detuvo para sentarse en uno de los bancos de madera que rodeaban el estacionamiento de vehículos. Ahí fumó un cigarrillo con gestos suaves y lentos;
Parecía tener todo el tiempo del mundo por delante. Él estimó que estaba en esa etapa indefinida de las mujeres. Cualquier cifra entre los treinta y los cuarenta. Definitivamente joven. Ni fea ni hermosa, podría decirse que era agraciada. Esbelta, piernas largas, resaltadas por el ajuste del pantalón, remera blanca y saquito negro tirado sobre los hombros como al descuido. Botas de caña alta de buena calidad y pocos accesorios. Dos esclavas cerca de la muñeca izquierda y una discreta cadenita con un dije con forma de pez en el cuello. Luego, al verla de cerca, se dio cuenta que era oro. No portaba reloj, celular ni anillos. En esas manos tan blancas el rojo de las uñas lucía impecable. No pudo ver el color de los ojos oculto tras los lentes ahumados pero, rubia natural como era, imaginó que serían verdes o celestes.
Terminado el cigarrillo, ella entró en el parque y lo saludó con un gesto, sin tenderle su mano. El guardián del parque le respondió, tocando con su índice el ala de su sombrero de pana verde militar. La invitó con un ademán a que lo siguiera hasta la cabaña donde estaban las oficinas.
Ya en el interior, luego de que ella se sentara en una silla frente al escritorio, él apoyó sus glúteos en una esquina del mismo. Se quedó unos instantes mirándola con recelo antes de preguntarle si estaba segura de lo que harían después. Ella se quitó los lentes para responder afirmando con su cabeza. Tenía ojos de un gris acerado, y los clavó en el suelo luego de asentir. Sacó un fajo de billetes verdes que llevaba oculto en una bota y los puso sobre el escritorio, frente al hombre. Él los tomó sin mirarlos y fue ese el momento elegido por una mujer que llevaba una beba de meses en brazos y seguida por un niño de unos ocho años, para hacer su ruidosa aparición en escena.
El guardián los presentó, su esposa e hijos. Enseguida le pasó el fajo a su mujer quien, besando a la beba, procedió a contar los billetes y separarlos en pilas de a diez sobre un estante vacío. Cuando hubo completado quince montones, volvió a besar la carita sonrojada de la inocente, mientras agradecía a la extraña con una sonrisa.
Luego, todos salieron al exterior. La madre y sus hijos se dirigían a la cabaña que habitaban cuando el niño, volviendo el rostro hacia su padre que los miraba inmóvil, le preguntó:
− Papi ¿hoy salís a guiar?
− ¿Por qué?− preguntó él a su vez, pero mirando a su contratante.
− Usted puso como condición no hacer preguntas. Haga su parte sin preguntar más− fue la respuesta seca de ella.
El hombre no respondió. Se sacó el sombrero y enjugó el sudor de su frente.
Giró sobre si mismo y se dirigió con su contratante hacia el jeep estacionado bajo la sombra de las araucarias. El sol estaba en su curva descendente cuando se perdieron en la espesura del bosque rumbo a las montañas.
Volvió al hogar bajo las primeras estrellas. Haciendo tintinear las esclavas en su mano, besó a sus hijos. La cena estaba servida.
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