El loco andaba a los gritos en la plaza. Estaba furioso, como de costumbre. Desde su banco azuzaba a las mujeres que caminaban frente a él, con gritos destemplados. Revoleando una boina tan andrajosa como el resto de su ropa exclamaba airado:
- ¡Están llamando a maitines! ¡Corran a rezar, beatas! ¡Confiesen sus pecados!
Los gritos del enajenado sacaron a Efraín de su abstracción; cuando caminaba, música sonaba en su mente. Él se concentraba, intentando reproducir ritmo y melodía a tono con el original almacenado en su memoria afectiva. Los gritos interrumpieron el Buenos Aires, hora cero que Astor había inmortalizado con su quinteto en el Regina. Los alaridos cortaron las cuerdas del violín de Agri. Efraín se detuvo mirando hacia la plaza, como rogando silencio. El concierto debía continuar y el loco tenía que entender esa necesidad. Fue en vano, los gritos continuaron…
Frustrado, reanudó el paso. La música había cesado dentro de su cabeza, como si los músicos hubieran parado para almorzar. Por más que lo intentaba, la memoria se negaba a la conexión. Eso le venía ocurriendo a menudo. Recordó que, días atrás, estuvo horas intentando recordar como se llamaba el actor que protagonizaba aquella película, cuyo nombre también había olvidado; aquella de la escena en la que el protagonista, solo en la noche bajo estrellas indiferentes, alejado voluntariamente de la fiesta, sonríe amargamente al comprender el vacío en que ha convertido su vida, su egoísmo tonto, y la voz de Rita Pavone cantando “Come te non che nessuno, sei l’único al mondo”, subraya irónicamente el drama.
Continuó su ruta. Ahora otros pensamientos se agolpaban en la mente, también otros olvidos ¿qué tenía que llevar a la villa mañana? Seguro que Eduardo, tan meticuloso, habría anotado todo en la lista. Debería llamarlo por la noche, sólo se acordaba del medidor de cloro y los videos para la proyección. Pero faltaba otra cosa más ¿Qué sería? ¡Memoria puta! Y pensar que antes… ¡Qué bronca!
Ahora las imágenes villeras le dibujaban un rictus fulero en el rostro. ¡Cuánta miseria en ese caserío de chapa y cartón prensado! ¡Cuánto por hacer y qué poquitos para ayudar! Colaboraban con afán, pero no alcanzaba. ¡Cuánto pero acumulaban sus años! Sin embargo le gustaba visitarlos. A pesar de tanta carencia nunca le dispensaban reproches esos olvidados del sistema. Al contrario, aceptaban lo poquito que les daba como si no lo merecieran. ¡Cómo los quería!
Cuando Efraín caminaba así no miraba. Veía sin mirar, casa, negocios, personas y carteles iban quedando atrás sin dejar registro. Él no transitaba una calle real, gastaba las baldosas de un mundo interno. Renovaba afectos y pedía excusas como si pudiesen verlo aquellos que evocaba.
La luz roja del semáforo peatonal lo obligó a pararse en la esquina. Entonces miró.
La ventana de la pizzería permitía ver el interior. Mesitas ocupadas y otras vacías, de costado el mostrador y un mozo acodado en él. Fijó la vista en las mesas del fondo y lo vio. Al reconocerlo, instintivamente se hizo a un lado y ocultó su figura tras la pared de la ochava de Rivadavia y Nazca. Sentía frío, aunque el sol calentara el mediodía porteño. Ahora las imágenes eran de horror, sufrimiento enmohecido por tantos años. Volvió a verlo, en cuclillas frente a su cuerpo tirado sobre flejes metálicos. Jugueteando con los electrodos como si fuesen llaves que abrieran las puertas mejor cerradas. Volvió a verse, ensangrentado, los ojos entrecerrados huyendo del foco que le quemaba la cara. El foco, sol diabólico ardiendo en la helada noche mendocina. El miedo que lo hizo esconderse y lo avergonzó, fue dando paso a una furia inusitada, el estruendo del tráfico de la avenida le aceleraba aún más los latidos. Rabia que llevara oculta por décadas en su ser le crispó las manos. Las manos se hicieron puños y entró en el local.
De lo sucedido en el interior de la pizzería es muy poco lo que se puede contar. Todo sucedió muy rápido, dos bultos borrosos trenzados, insultos vociferados y luego el ruido de mesas y sillas tumbadas. Cabe citar que, cuando Efraín se encaminaba hacia la puerta con la nariz sangrante, el mozo se quiso adelantar para retenerlo, pero la voz y la mirada del hombre lo congelaron y sólo escuchó que le decía:
- Cuando llegue la policía decile que esa mierda que está tumbada en el suelo es el Máquina Ordoñez. Hace años que lo buscan por tortura y asesinato.- Y se retiró.
Luego siguió caminando hasta llegar a Yerbal. Ahí rumbeó hacia Liniers.
Ya no había imágenes ni música en su cabeza. Marchaba a tranco largo, como si tuviese una cita y se hubiera demorado. Sólo aminoró el paso para admirar la belleza de unos cerezos florecidos en rosa. Prosiguió la caminata bordeando las vías hasta que en un cruce vio la barrera baja. Ahí se detuvo y miró para atrás, todavía no se veía el tren. Esperó hasta que el sonido característico le indicó que la formación se acercaba por las vías que llevan al oeste. Entonces, haciendo caso omiso a los gritos de alerta, pasó bajo la barrera y se paró en un durmiente. Se largó a correr hacia el este, los brazos extendidos y las manos verticales…
Cuando el tren logró frenar, doscientos metros después de la barrera, dos muchachotes que desde la barrera de enfrente habían visto casi toda la escena, comentaron lo sucedido diciendo en su idioma tan limitado:
- ¡Viste boludo! ¡Qué palo!
- Sí, el chabón quería parar el tren con las manos ¡Que huevo!
- ¡Boludo! Estaba loco el chabón. No escuchaste que cantaba mientras corría.
- Sí, cantaba…creo que algo italiano ¡Qué loco boludo! Mieerrrrda lo hizo el tren.
No podían saber que mientras él corría hacia el tren, su mente le mostraba nuevas imágenes y la Pavone le cantaba su canción. El loco le gritaba desde el banco de la plaza:
- ¡Señor, señor! Era Vittorio Gassman, y la película se llamaba IL BOOM. ¿Vió que nos acordamos? Y todavía dicen que no servimos para nada.
“Come te non che nessuno, sei l’único al mondo”… |