Tarde ornamental; muelle con sillones hundidos bajo el peso de contertulios amarrados, semejando barcos cansados en travesías fatigosas por rutinas que suelen empequeñecer el horizonte, conjeturando mares que no osan navegar. Charlas decoradas con festones de ingenios falsamente festejados. Relatos que transforman brisas en tormentas terribles, capaces de tumbar el velamen más vanidoso. Tarde desperdiciada.
Competencia de enfermedades y turismos. La magnificación de lo trivial disfrazado de aventura audaz o padecimiento supremo. Sustancia perimida en un altar donde los conjurados sacrifican sus vidas aburridas y grises, cantando loas a la falsía.
Entre toses y carcajadas, detrás de tazas de té de rosas, estamos tu y yo. El arte de la simulación aplicado en una situación que nos supera, que disgrega nuestras esperanzas. Estamos en lugar y hora equivocados. Prisioneros de nuestro desatino.
¿Cómo se nos ocurrió encontrarnos para conversar en ese sitio adonde todos charlan? La charla insustancial aborta las conversaciones. Por eso dije: sustancia perimida.
Tarde para el olvido. Nuestras ansias de encuentro e intimidad devoradas entre bizcochuelos y masas secas. Apenas la promesa de un nuevo encuentro al despedirnos. Beso formal en tu mejilla encendida, el único y desconsolador contacto. La tertulia se apaga, el silencio llama a recato.
Noche luctuosa; caminar las calles venciendo vientos y marea, evocando tu sonrisa apenas vislumbrada en esa tertulia que nos alejó aún más. Hemos dejado morir un tiempo que era tan propicio para sembrar semillas de amores. Ahora debo velar las horas difuntas.
El luto de la noche conjuga mi pena, sólo una esperanza queda: no hay muerte que la vida no redima. A navegar, que los alisios acerquen nuestras respiraciones. |