Solemos resultar una combinación, un azaroso equilibrio de genes dominantes y recesivos, una compensada razón genética. Pero Florencio había ignorado tendencias o probabilidades. Su lema predilecto siempre fue: los distintos somos todos iguales.
Tantos genes recesivos acumulados y manifiestos en una persona, jamás se vio.
Fue la manifestación viva de todo lo pendiente que habían portado sus ancestros por siglos, una mixtura singular de exones y alelos. Había asumido con mal disimulada resignación, su condición de: albino, hemofílico, sordomudo y daltónico. Tenía ojos y cabellos claros, las orejas sin lóbulos y cortas las pestañas. Portaba sangre de tipo O, Rh negativo.
Una característica que lo angustiaba era tener lengua no enrollable, le costaba mucho emitir chasquidos. Eso lo importunaba más que la mudez. Y por si esto no resultare suficientemente desconcertante, a pesar de haber nacido de padres caucásicos, tenía la piel cobriza de los maoríes.
Por eso, no extrañaba su credo anarquista que sostenía como piedra angular, un culto politeísta, traído a la Tierra por una nave alienígena con la que se había contactado en uno de sus viajes al continente blanco. Supo sostener en sus cartas, que todas las verdades y respuestas sólo se podían hallar en las cercanías del polo.
Oriundo de Misiones, había transcurrido sus últimos años en un pequeño departamento situado en la intersección de La conquista y El desparpajo, dos callejuelas polvorientas de Río Gallegos. Simpatizante de un futbolero equipo paquistaní, celebraba vestido con una camiseta negra, dado su daltonismo, los escasos y lejanos triunfos del club de sus amores con petardos que enloquecían las frías noches fueguinas. Amante y cultor de la poesía geométrica, sus versos impresos delineaban figuras de rombos y trapezoides, sorprendió a los críticos con sus magnos Poemas conjeturales de un bidet cubierto de óxido. De esa obra rescatamos:
Habiendo escalado la curva ascendente de tu seno,
como insecto de labios ardientes, lo he besado;
licores de fuego generó tu entraña, pero tú…
he muerto aplastado de cruel manotazo.
Pero no sólo letras nos legó Florencio Bizarro; a pesar de su sordera, varias obras instrumentales testimoniaron su amor por la música. ¿Quién no ha escuchado alguna vez su Tributo a la casualidad bien parida, memorable tango escrito a raíz de un viaje por el continente asiático, escrito para ser ejecutado empleando instrumentos característicos de los tibetanos. Florencio fue único y universal.
Poco y nada se conoce de su vida amorosa, mas se presupone con harta razón, que debió haber sido rica y variada. Él nunca podía pasar inadvertido, tanta singularidad habrá configurado atracciones irresistibles.
Ciudadano del mundo, palabra santa para conversos e iconoclastas, su leyenda se mantiene inalterada tanto en los centros culturales más relumbrantes del orbe, como en los barrios menos favorecidos por el sistema que tanto combatió.
En un refugio antinuclear de Karachi se ha erigido un museo que perpetúa su memoria con el venerado nombre tallado en caracteres rúnicos. Dentro del mismo, varios objetos que fueron de su pertenencia. La principal atracción del museo consiste en la proyección del video que capta las últimas horas de Florencio hasta su muerte, perdón, su implosión, pues seres de semejante categoría no mueren, se derrumban sobre sí mismos liberando energía como una nova. Las imágenes finales muestran las extrañas criaturas generadas por ese modesto y rural big-bang. Mariposas grandes como murciélagos que, guiadas por un deforme y dorado querubín, echan vuelo hacia el polo buscando desentrañar el misterio expresado por la mirada postrera del recesivo: ¿Porqué yo?
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