El hombre que se negaba
A Carlos Alejandro Romero
Repasó la lista, un papelito escrito con su pequeña letra. Había utilizado una birome de las baratas y una hoja de anotador al confeccionarla. La había guardado en su mesita de luz y, esa tarde, al despertar de la siesta, la recordó.
Habían pasado dos meses desde que hizo la listita; en su momento quiso ordenar sus prioridades. Por eso las listó. Y ahicito estaban, siete filas, siete tareas pendientes de ejecución. Sus tareas. ¿Por qué suyas? Porque el orden divino determinaba que era el Hombre de la Casa. Vaya título y honor el que le dispensaban los dioses.
Ahora que lo pensaba, el listado se había desactualizado en dos meses. La canilla del baño goteaba. Tenía que agregar el octavo renglón. Buscó la birome negra pero, oh capricho de los dioses, no la encontró. A regañadientes, empleó esa verde que le había “donado” un cliente. Siete líneas en negro y la octava verde le causaron un malestar estético. Hay gente que sufre dolores de estética, cualquier desajuste, por pequeño que sea, los indispone. Guardó la lista en el bolsillo, prolijamente doblada. El tipo hacía un culto de la prolijidad. Todo en su aspecto era pulcritud. Se dedicó a pensar en los motivos por los cuales se negaba heroicamente a realizar los trabajos pendientes.
La ventana del dormitorio estaba abierta, la brisa salada lo sacó de su meditación.
En ocasiones, la brisa nos trae respuestas a nuestras dudas. No es magia, es empatía con los elementos. Y la de la brisa, era toda una argumentación inobjetable. Allí radicaba el rotundo porqué de su negación. El Mar.
Cuando los dioses lo premiaron con los atributos de Hombre de la Casa, habían olvidado que él era de Mar del Plata. Siempre fue Hombre de Mar.
Sus primeros pasos fueron en la arena, el primer regalo recibido fue una caña de pescar y una bolsita con lombrices. Una ola resultó ser la primera novia. El sol y la luna apadrinaron su salado bautismo en aquel atardecer con brisa sacerdotal.
No podía entonces ser hombre de otra cosa que no fuese el Mar. Allá los dioses con sus antojos. Acá él, criatura marina.
Al salir de su casa, luego de besar a la familia, cerró la puerta con suavidad. Ignoró el jardín con el pasto crecido y la medianera descascarada. No eran temas para un delfín con nostalgias acaracoladas.
Ya en la playa, esa extensión casi desierta que le ofrecía su dorado manto, respiró con fruición mientras miraba la rompiente. Soñando despierto, sintió que una espuma suave lo acariciaba y su cuerpo era mecido por las olas.
La noche estaba al caer cuando sacó la lista del bolsillo. Desplegó la hojita e hizo con ella un barquito. El Mar hizo el resto. |