Viaje de ida
Todavía estaba acomodando el cuerpo al asiento cuando un tímido: Buenas noches, permiso, le hizo volver la cabeza al costado. La joven morocha se esforzó por colocar una pequeña valija en el portaequipaje y luego se sentó a su lado. El retribuyó con un buenas mascullado, casi mordiendo la palabra. Los modos de saludar los fueron identificando; ella era provinciana y él porteño. Él se sentaba del lado de la ventanilla y ella el del pasillo.
Los primeros traqueteos del tren fueron apagando los murmullos del pasaje. El hombre clavó su mirada en la ventanilla, como si pudiese ver algo a través de la película de mugre que la cubría y convertía la oscuridad nocturna en una nube gris, moteada por las luces de las casitas de las afueras de San Juan.
Al ratito nomás, ella comenzó a hablar por su celular. Él pegó su rostro al vidrio, su gesto denunciaba la intención de no oír la charla. Su aliento quedó marcado sobre la suciedad. Pero escuchó, la chica hablaba bajito pero muy lento. Le avisaba a
María Ester que ya estaba en camino. Que no se molestara en ir a buscarla a Retiro. Ella sabría como llegar a su departamento. Le pidió la confirmación de la dirección y tomo nota del dato en una pequeña libreta bordó. Se despidió con un beso y un hasta mañana. El involuntario escucha pensó: que distintos somos, ella va y yo vuelvo.
La iluminación del vagón se amortiguó y él se recostó en el asiento, vista al frente. Ni una mirada al ser que estaba a su derecha. Ella miró el perfil masculino. Vio una nariz recta debajo de una frente despejada. La barba rubia como el escaso cabello. Ojos entrecerrados, que ya sabía, eran grises. Tendría unos cuarenta, fue su cálculo.
Muchos monótonos durmientes después, ella comenzó a buscar algo en el bolso que llevaba entre los pies. Por el movimiento y el roce en su brazo del codo femenino, el hombre salió de su sopor y no tuvo otra alternativa que mirarla. Cuando identificó lo que salía del bolso se alarmó. ¡Por dios, que no ofrezca! Fue su pensamiento. Pero ella: ¿Quiere un mate señor? También tengo bizcochitos caseros…
Él intentó ser cortés al responder, pero no pudo disimular el desgano: Bueno, pero uno solo. Bizcochitos no, gracias.
Después del mate, el silencio corrió la cortina entre ambos. La ventanilla volvió a ser el imán que atraía la mirada gris. Ahora los ojos de él la habían visto. Y la continuaban mirando en el reflejo pálido del vidrio. Juzgó que era joven, no más de treinta. Tal vez menos. Era agraciada y menuda; ojazos negros y manos de dedos muy finos. Las manos se habían rozado al ceder el mate. Se confesó que el breve contacto no le había disgustado. Con ese recuerdo táctil fue que se durmió.
El rosicler lo despertó. Giró la cabeza y la vio. Dormida, la cabeza reclinada en la mano, el cuello mostrado en una curva perfecta. Le pareció armoniosa .Respiraba y el pecho apenas se movía. Parecía un barco anclado, mecido por un tranquilo mar. Él se levantó con sumo cuidado para no molestarla y se dirigió al baño. Su rutina de recién despierto.
Cuando retornó, su rodilla movió la de ella y la despertó. Pidió perdón. La muchacha negó con una sonrisa tan abierta que lo perturbó. Todavía de pié, frente a ella, quiso lavar su pecado ofreciéndole la ventanilla. Lo sorprendió la seriedad de la respuesta: No, gracias, prefiero no ver lo que estoy dejando atrás.
El hombre se sintió extrañamente incómodo. Quizá fue la sensación de haber cometido otra torpeza lo que lo motivó…quizá: Entonces permitime que te invite a tomar un café en el vagón del bar. De nuevo esa sonrisa, desconcertante y primorosa, fue la manera de acceder.
Ya de frente, en la mesita, se presentaron. Juan, Mercedes, pero me dicen Mecha. Ella maestra, que nunca ejerció; él geólogo, volviendo a Buenos Aires después de una semana de trabajo en Calingasta.
Canjearon pequeñas confidencias. Datos mínimos cruzados casi en susurros. Silencios prolongados por las miradas ceñidas a las tacitas de café.
No tengo hijos, me casé cuando era estudiante. No funcionó.
Yo estuve de novia, pero éramos chicos. Diecisiete teníamos. Se fue a Chile y nunca mas lo vi.
Vivo solo, un departamento en Belgrano, cerca de la facu… Bah, Exactas ¿sabías?
Hasta ayer vivía con mi hermano y su mujer. Tienen dos chicos. Mis padres están separados. Ahora voy a la capital. A lo de una amiga, sanjuanina como yo. Probar suerte que le dicen ¿vio?
Hubo otros cafés. Y medialunas secas rellenas con un dudoso dulce de leche.
Cuando volvieron a su vagón, el perdió todo interés por la ventanilla. Miraba a Mercedes a cada rato. Hacía comentarios banales. Buscaba su atención. Pero ella se había sumido en un silencio obstinado. Lo dejaba hablar y se limitaba a mover la cabeza en un gesto indescifrable . De pronto salió de su mutismo para decir: ¿Querés anotar mi celular? Juan parpadeó como si le hubieran dado una bofetada.
Medio tartamudeando respondió: y sssiii, dame y ttteee paaso el mío. Se durmieron hombro con hombro.
El tren llegó a Retiro a media tarde. Cuando descendieron el vaho húmedo los sofocó. Caminaron despacio hacia la salida por el andén. Ella adelante, con su valija y bolso en cada mano, cartera al hombro. Juan atrás, cargando una mochila enorme, vigilando que nadie la robara. Llegaron al may y se detuvieron. Quedaron en silencio, empujados por personas impulsadas por esa prisa incontenible que mueve a los habitantes de las grandes urbes.
Él dijo: Bueno Mecha, aquí nos separamos. Vos tomás el subte y te bajás en Avenida de Mayo, o Rivadavia; no recuerdo como se llama la estación. Yo me voy en taxi a lo de mi vieja. Se acercó a ella e inclinó la cabeza para besarla en la mejilla. Ella retribuyó con uno de esos besos laterales y esquivos que dan, en realidad niegan, las mujeres.
Luego se arrepintió y volvió a besarlo. De verdad. El sintió la frescura de la nariz joven apoyada en su mejilla. Todo el vaho pareció disiparse. Ella comenzó a alejarse cuando Juan, después de rascarse la nuca, preguntándose el qué y el cómo, la llamó elevando la voz : Mecha ¿te gustaría conocer la facu, el sitio donde trabajo? Tengo una colección de piedras fenomenal. Y la facu está pegada al río. No sabés lo lindo que es mirar el río… ¿Te puedo llamar?
Otra vez la sonrisa, un sol de sonrisa : ¡Si no me llamás… te mato!
El gentío devoró la sonrisa, pero Juan ya tenía la suya. Un acto reflejo, tal vez…
|