La última cacería
Entrecerró los párpados calculando la altura del sol en el horizonte. Estaba atardeciendo. Sus ojos grises se clavaron como dardos en la espesura de la jungla. Faltaba poco para anochecer, la hora en que los leones buscan alimento. ¡Su hora! El aullido de los monos, sus mejores aliados, sería el alerta. Las pequeñas criaturas, encaramadas en las ramas más altas, eran las primeras en advertir la presencia de las fieras. Éstas se irían deslizando entre los matorrales sin mover una brizna de hierba.
Nemur, El Justiciero, aguardaba enhorquetado en la gruesa rama de ese árbol gigantesco (un modesto paraíso plantado por el abuelo Julián en el fondo de la casa). Su cuerpo atlético, bronceado por mil soles, estaba tan tenso como la cuerda de su infalible arco. Dedos de acero pulsaban el extremo de la flecha. Su taparrabo era de piel de tigre, recuerdo de sus andanzas por la Malasia con su amigo, el valeroso príncipe Sandokán.
Allá en el tiempo quedaron los días en que cazaba con rifle. Al cumplir nueve, decidió que era poco deportivo y de cobardes enfrentar leones con armas de fuego. Hacía tres años que los cazaba con flechas y, si era una sola la fiera, a puro cuchillo y coraje. Pero por las dudas, solo por las dudas y en el hipotético caso de algún peligro tremendo, de su cuello colgaba la gomera que le regalara David.
Los monos comenzaron a aullar más fuerte. Dilató las ventanas nasales y tensó aún mas la cuerda del arco. Ya venían. Pensó en la raspadura que se provocara en la rodilla, al trepar. El olor de su sangre sería el mejor cebo para atraer a las bestias. De pronto aparecieron en el claro, eran cuatro (cuatro gatitos de la casa vecina en su habitual excursión) y comenzaron a rodear el árbol. Los miró con desprecio antes de comenzar a asaetearlos con sus flechas. Los leones rugían e intentaban trepar por el tronco. Pero él, el audaz Nemur, los mantenía a raya con los talones mientras los iba matando de a poco. Disfrutaba con la matanza, entonces ¿para que terminarla tan pronto…?
Nemur tenía doce años en ese cuerpo de héroe, por ende, ignoraba el significado de la palabra sádico. Hastiado, decidió acabar con esos pobres seres que se retorcían luchando entre ellos, acicateados por el rojo de su propia sangre tiñendo los lomos y las fétidas fauces llenas de colmillos aserrados como cuchillos. Clavó con suma destreza una flecha en cada corazón. Los leones se disolvieron en las primeras sombras nocturnas. Cuando el titán miró hacia el suelo, vio que del taparrabos se habían caído las esmeraldas que le dejara en custodia fiel la hermosa Perla de Labuán, la prometida de Sandokán (tres moneditas que se había “olvidado” tía Matilde sobre la mesa).
Bajó del árbol como lo hacen las serpientes, rodeando el tronco hasta tocar tierra. Era Nemur, el hombre-animal, tenía todos los movimientos de los habitantes de la selva. Por eso siempre triunfaba en sus luchas.
Altivo e invicto, para siempre…
Ni bien pisó el gramillón dos sucesos, uno a continuación del otro, cercenaron la ilusión: los aspesores comenzaron a funcionar mojando sus zapatillas y piernas; se abrió la puerta que comunicaba la cocina con el fondo y la voz de la madre sonó más fuerte que aullido de mono furioso –Panchito ¡Hora de bañarse! Vamos que tu padre está por llegar y seguro que quiere tomar una ducha. Ya jugaste un montón.
Con rezongos manifiestos, el niño agachó la rubia testa, recogió las redondas esmeraldas y obedeció. El escenario quedó pulverizado. Ni jungla ni lianas; las jirafas se agacharon y el elefante se fue del barrio.
Toda la sangre derramada volvió a ser rojos pétalos de Santa Rita caídos sobre el suelo, los únicos animales sanguinarios que Habían quedado en el fondo eran los mosquitos. El continente en el que Nemur, El Inconquistable, reinaba, se había transformado en sesenta metros cuadrados de espacio apto para limoneros y glicinas, acelga y lechuga, reposeras y parrilla.
Mientras estaba bajo la cortina de agua del duchador, luego de imaginarse estar en tremenda lid, trenzado con un pulpo tremendo, de haberle mordido la cabeza (la esponja), Francisco José Altuña pensaba ¿Por qué será que me gusta mucho más jugar en el fondo que con los videojuegos, como juegan todos los demás? ¿Acaso los otros chicos del barrio no tienen fondo? ¿O sucede que no les gusta leer aventuras?
Mientras se secaba, recordó lo sucedido por la mañana: en la panadería se había encontrado con Rosario y su mamá. La niña, unos meses mayor que él, lo había invitado a tomar el té en su casa al día siguiente. No supo negarse ante la estudiada timidez con que la ninfa le hizo la proposición. Además, la madre estaba presente y aprobó el envite con entusiasmo. ¡Y Rosario le había dado un besito cuando dijo que iría! Pobre Panchito, no imaginó que la de esa tarde había sido su última cacería, la última tarde predadora. Lo estaba esperando otra jungla, otro juego con felinos dispuestos a abatirlo sin aviso; y el sería la presa codiciada. Esperemos que no olvide llevar la gomera…y las esmeraldas…por las dudas. ¡Pucha, era linda Rosarito, y ese beso…! |