Memorias de un quirófano
Antes, siempre hay algún antes, en realidad son tantos los antes que, por la extraña necesidad de establecer una referencia, elegimos uno. Por eso, antes fue una sala. En ella estabas acostado en una cama, desnudo y tapado con sábana y colcha blanca. La climatización te libraba del calor exterior y ese detalle era consuelo. Hubo manos que te tocaron, labios que besaron tu frente y tus mejillas. Un saludo ritual a la indefensión de tu cuerpo. Hubo voces cortando la ceremonia.
Manos y labios debieron partir; quedaste solo, mirando las paredes pintadas de blanco y verde. El cuadrito de los girasoles era la única concesión al brillo vital, una molécula de existencia entre tanta asepsia. Otra voz se inclinó sobre tu cara y, en tono monocorde que debía considerar terapéutico, te dijo que debían inyectarte un sedante. Otra vez te extraña la forma de hablar que usan esas voces. Las voces vestidas de blanco. Siempre se expresan en plural: debemos, queremos, pensamos, haremos, aconsejamos…Parece que el plural opera como descarga de responsabilidades, como si precisaran ser mayoría para definir tu destino. Solo hubo una, entre todas esas voces, que se manifestó individual, que no se exculpó en el conjunto: la del cirujano.
Pasaron los minutos y vinieron a buscarte; te pidieron que te pasaras a una camilla de dudosa consistencia. Lo hiciste con movimientos lentos, pesados. Una vez en el pasillo volviste a ver las manos y los labios del ritual. Ya no sonreían sus gestos de saludo. Tampoco pudiste sonreír cuando el ascensor inició el descenso. El antes terminó cuando las puertas del quirófano se abrieron, dos pisos más abajo.
Ahora estás adentro. Él te está esperando. Pregunta como te sientes, si tienes temor. Sabe que sí, intenta que no. Habla, y sus manos enguantadas parecen pintar el aire. Anuncia, explica, ordena. Es el amo del recinto, el quirófano es su morada y tu, una visita distinguida. Por su tono de voz, pareciera que está disponiendo las masitas para tomar el té. Se preocupa por tu comodidad, te avisa que no lo vas a poder ver mientras opera, pero que, si quieres, podrás seguir la operación desde ese monitor, el que coloca arriba, frente a tu mirada. Es un coreógrafo, recorriendo la escena, anticipando la danza. Por última vez llegas a ver su sonrisa confiada. De ahora en más, verás su espalda y escucharás su voz. Te pide que lo escuches, que lo sigas. Te dice que en la escena se desarrollarán dos líneas dramáticas: una podrás seguirla por la pantalla, verás tu recóndito interior recorrido por la sonda que guiará con su mano y su ciencia; la otra, la más importante, la que quiere que compartas si o si, será expresada por lo que él te vaya contando. Él cuenta con otros monitores como apoyo, en uno de ellos está tu cara, tus ojos, tu expresión.
Te avisa que está aplicando la anestesia local en tu ingle previamente afeitada por una de las voces de blanco allá, en el antes. Sientes ardor en la zona y te dice que si. Y comienza a contar después de iniciado el viaje de la sonda…
Primero habla de sus tiempos de estudiante, de sus bolsillos flacos y el apetito desmesurado, de sueños que le parecían tan lejanos. Te cuenta de lo difícil que le resultó aprobar química biológica. Claro, sabe que fuiste químico en otra vida. Te dice que no podía pronunciar bien el nombre de cierta hormona en el examen, que eso lo salvó, porque enterneció al profesor con su torpeza cargada de nervios.
Después habla de sus prácticas hospitalarias, la mejor escuela para todos, lo imprescindible. Pasa al cumpleaños reciente de su hija como si te estuviera invitando a probar alguna masa especial. Tú alternas la mirada entre el monitor de la sonda y la pantalla real de su espalda. Los dramas que al principio se bifurcaban ahora parecen confluir. Pregunta si sientes algo en el pecho, un cosquilleo tal vez. Contentas que si, pero que es una molestia leve, que no se preocupe. Eleva la cabeza cuando se ríe diciendo que nadie debe preocuparse. Se escuchan los murmullos de sus asistentes, están aprendiendo del maestro.
Él continúa con su monólogo, recuerda a sus padres que viven en Córdoba, la belleza del otoño en Río Ceballos; la paz de ver amanecer, trepado a un limonero con los frutos aún verdes.
Las imágenes en el monitor se hacen borrosas, tú prefieres adivinar el futuro en su espalda blanca. Ya te es familiar, ancha y protectora, despojada de vanidades.
Ignoras cuanto tiempo ha pasado desde que comenzó el periplo de la sonda, el sonido de su voz subyuga los minutos y tu conciencia. Has olvidado la operación, estás viajando por la vida del cirujano mientras el cáteter viaja por tu arteria. Ahora entiendes, la cirugía fue la excusa necesaria para presentar el espectáculo de la buena memoria. Por si abrigabas alguna duda, él extrae un pasaje de su juventud: siempre quise actuar, ser actor; de jovencito me uní a un grupo filodramático cordobés. Hice Seis personajes en busca de un autor y La fiaca. En cualquier momento vuelvo. Me tiran las tablas…
Termina de decir eso cuando te avisa que ya está hecho, que el stent está en la posición deseada. Impostando la voz para darle sustancia dramática al momento dice: Y ahora ¡que el río corra!
Ves como se vuelve hacia ti, su rostro refleja y solicita comprensión. Tú asientes y aceptas el apretón de sus manos cubiertas de látex. La comedia ha terminado y te esperan unos girasoles brillantes. El que no te esperó fue el Flaco Spinetta. Se fue a buscar la última metáfora, el girasol dorado con ojos de miel y Almendra. |